Cielos pintados de rojo

Las notas de un viejo piano resonaban en aquella habitación y hacían el momento un poco más trágico aún…

La primera bola de fuego había caído en el jardín sobre las cinco de la tarde, cuando el Sol ya se apagaba y la última noche iba a empezar. Luego habían caído dos más: una sobre la caseta del perro y la otra había entrado por la ventana de la cocina. De momento eran pequeñas, no más que el tamaño de un balón de fútbol, aunque… quizá lo peor estaba por venir…

Carlota había entrado en la estancia casi de puntillas, sin hacer ruido. Observó a su marido, que acariciaba suavemente las teclas para que fluyera la melodía, y el nudo le subió hasta la garganta. Se dirigió hacia la ventana y miró hacia el cielo. Era rojo. Rojo pasión, rojo furia, rojo infierno. Parecía que el cielo estaba en llamas, y era cierto, el cielo estaba ardiendo.

Maldito Dios y sus venganzas…

Carlota se sentó debajo de la ventana, mirando el mismo cielo que pronto estaría en el suelo, observando cómo su futuro se desmoronaba por instantes, aquellas esperanzas, aquellos sueños, aquella vida que un día prometió cumplir y que no llegaría a conseguir.

Los sueños salieron de su cabeza en forma de lágrimas…

La música cesó… Jorge había dejado de tocar. Aquello había dejado de calmarlo, ahora tenía una preocupación más grande. La cosa más bonita de su mundo estaba llorando, y le dolía. Lo más grande que tenía en la vida estaba triste, y lo sentía.

Jorge se levantó, se acercó hasta ella, se sentó, la colocó entre sus brazos y la observó, contempló dos ojos verdes que una vez le dieron vergüenza mirar, vio unos labios que le hacían viajar. La sintió y supo perfectamente qué le iba a decir ella…

-Vamos a morir…

-Quizá… Pero una vez aprendí que no llegas a morir nunca si lo haces con la persona que quieres. Y es que la energía que desprendemos es tan fuerte que ni el maldito universo, el destino o lo que quiera que haya ahí arriba tiene fuerzas para destruirnos.

Carlota hundió su cabeza en su pecho y gritó en silencio, pues a veces es mejor así.

-Siento que… he perdido el tiempo. Tenemos treinta años. Tenía tantos planes por hacer, tantos sueños por cumplir…

-Has perdido el tiempo… Mira… quizá, solo quizá, sea esta la última vez que te diga te quiero. Da igual, te quiero. Quizá, solo quizá, sea esta la última vez que te diga que eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Me importa un bledo, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Quizá, solo quizá, sea esta la última vez que te diga que hubiera matado por pasar mis últimos minutos de vida contigo. No me importa, hubiera matado por pasar mis últimos minutos de vida contigo.

-….

- ¿Ves? No ha pasado nada. Te lo puedo decir otra vez. Te quiero, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, hubiera matado por pasar mis últimos minutos de vida contigo.

-Pero pienso que…

-A veces, lo que piensa uno de uno mismo importa una mierda, porque no tiene razón. A veces uno mismo piensa que es estúpido pero no reconoce de si mismo una capacidad desconocida. A veces uno mismo piensa que no es nada, nadie, pero todos sabemos que lo es todo. A veces uno mismo piensa que no tiene nada que ofrecer, cuando en realidad lo único que hace es dar. Hay veces que nos conocemos tan poco a nosotros mismos que pensamos que el de al lado siempre tiene que ser mejor, y casi nunca es así…

Los dos se miraron, como se mira alguien que se acaba de conocer y se enamora al instante. Y se besaron como se besa uno las primeras veces, con amor, con dulzura, con timidez y ganas de comerse el mundo a la vez. Jorge siguió hablando…

-Lo que te pasa es que no ves más allá… Mira el cielo… Donde tú ves bolas de fuego, yo veo un cielo que nunca volveremos a ver jamás, un rojo así de bonito, somos privilegiados al estar viviendo esto. Recuerda que tú estás aquí y durante al viaje has hecho cosas de las que ni siquiera tienes constancia, que has ido plantando unas semillas que empezarán a brotar a pesar de la lava que pueda haber por encima de la tierra, recuerda que un gesto, por pequeño que sea, puede ser muy grande. Así que… ¿Quién habla de perder el tiempo?

Carlota no supo si besarlo o abrazarlo. No hizo ninguna de las dos cosas, simplemente lloró con él, pues éste había empezado a llorar al creerse el discurso que estaba soltando… Los dos se daban cuenta a medida que él hablaba, de que todo era cierto.

Así que se quedaron los dos así, abrazados, recostados el uno sobre el otro, llorando lágrimas suaves que acababan en las lágrimas del otro. Juntas, parecían sonar a marea que viene y va, a mar tranquilo, a mar que lleva almas a lugares bellos.

Aquella bola de fuego no tuvo piedad, dio justo en el centro de la casa. Los hizo cenizas al instante. Antes de eso se había escuchado silencio, y segundos después un “Te quiero, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, hubiera matado por pasar mis últimos minutos de vida contigo”…

Recuerdos de una vida

Dicen que el pasado es un instante de tiempo que solo existe porque se queda grabado en nuestro recuerdo, que si nadie recordase el pasado, no existiría, no hubiese existido, que las vivencias y momentos vividos solo serían un fantasma que nadie ve. 

David no recordaba dónde había leído ese párrafo. Sentado en su mecedora, mirando a una Luna que ya pocas veces le hacía caso, intentaba con todas sus fuerzas acordarse de cada uno de los momentos en que había sido feliz. Todos, o casi todos al menos, estaban asociados a ella.

Recordó, por un instante, aquella noche en un cine de verano. Por un puñado de monedas, ahora sin valor, veías dos películas y te invitaban a cenar. Para él, la película era ella y cada movimiento de su cuerpo una bella escena inolvidable. Unos labios que se tuercen formando una sonrisa, un desliz de sus dedos nerviosos o incluso un suspiro inesperado. Ella miraba la película y él la miraba a ella, hasta que por fin los dos se miraban y la búsqueda de secretos se hacía inevitable…

Se acordó también de ellos dos tumbados sobre el césped. Intentaban adivinar las formas de las nubes, y cada forma en la que coincidían se regalaban un beso. Se pasaban la tarde besándose, al final daban igual las nubes, y es que ellos mismos eran dos nubes que se fundían y formaban una sola, e intentar adivinar su forma sería imposible o, por lo menos, indescriptible.

Le vino a la mente aquella tarde en la que perdieron el autobús y tuvieron que llegar andando hasta casa. Llovía a mares.  David le dejó su chaqueta y aún así los dos acabaron empapados. Llegó un momento en que se dieron cuenta de que hicieran lo que hicieran, nada iba a impedir que se mojaran. Entonces se pararon y sintieron la lluvia, miraron hacia arriba con la boca abierta y bebieron de ella, luego se miraron a los ojos y bebieron de la otra persona. La lluvia se confundió con la saliva y los dos pensaron que nunca un beso había sabido tan bien. Se pasaron una semana enfermos cada uno.

………

Entonces una espesa niebla y las lágrimas que empiezan a rodar por el rostro de David. Puede ver cómo las imágenes se van, cómo los recuerdos se esfuman, cómo, segundo a segundo, una vida entera, la felicidad, se va y se esfuerza en no volver. David miró cabizbajo un vacío que no le daba explicaciones sobre por qué le tiene que pasar eso a un ser humano, por qué se tiene que borrar así una vida sin que uno decida si quiere hacerlo o no.

- ¿Quieres un té, David?

David miró hacia arriba, era una mujer bastante mayor, diría que de su edad. Lo cierto es que a pesar de los años la veía preciosa y su rostro le sonaba de algo… quizás un cine, quizás una nube, quizá una gota de lluvia…

-Perdone, ¿nos conocemos usted y yo de algo?

Los dos se miraron a los ojos. Por las mejillas de ella rodaron dos lágrimas. Por el rostro de él rodó la creencia de que había algo que le unía a esa mujer, algo más fuerte que él mismo y que cualquier recuerdo olvidado.

Teresa volvió la cocina, lugar en el que se derrumbó del todo. Tirada en el suelo, las lágrimas no eran suficiente colchón para el dolor que sentía.

David, mientras tanto, volvió a mirar a la Luna en busca de respuestas. Esta vez las encontró. Cogió su diario rápidamente, un boli con tinta fresca y se puso a escribir…

Llega un momento en la vida de todo ser humano en el que tan solo nos quedan los recuerdos de una vida que se acaba, un momento en el que solo estamos hechos de recuerdos porque es muy difícil crear alguno más. De lo que vivamos ahora, de las personas con las que compartamos la vida, estaremos hechos en un futuro. 

Intenta recordar, intenta no olvidar, pues cuánto más tarden esos recuerdos en borrarse, más tardará tu vida en esfumarse. Una vez se vayan, te irás tú con ellos… 

David cerró el diario y miró la Luna de nuevo. Se acordó en ese momento de un párrafo que había leído no sabía dónde:

Llega un momento en la vida de todo ser humano en el que tan solo nos quedan los recuerdos de una vida…

Ilusos

Llevo 7841 vidas intentando encontrar tesoros quizá perdidos en algún rincón inhóspito de la Tierra, quizá perdidos en algún instante del tiempo, quizá perdidos por mí mismo cuando una vez los tuve.

Intento perseguir sueños con la creencia de que existen, que no es una quimera creer que hay un plan establecido y que yo tengo un pequeño papel en él, que las fichas se mueven, aunque quizá a un ritmo muy lento, y que todo sigue un camino por el que puedo discurrir.

Tengo la absurda manía de creer que en toda esta locura que gira a un ritmo endiablado está quizá ese aquello que llevo tanto buscando, quizá, más absurdamente, pienso, que ese aquello también me está buscando a mí y de una u otra manera algún día nos tenemos que encontrar.

Dejadme ser absurdo, a mí y a toda esa gente que lleva más de mil vidas buscando su tesoro, un sueño que parece imposible, quimeras que parece que van irremediablemente camino al desastre más absoluto.

Dejadnos que seamos unos pobres ilusos que no saben nada de la vida porque solo nosotros corremos el riesgo de perdernos algún día y descubrir alguna magia que parece que no existe, solo nosotros seremos capaces de viajar sin miedo a mundos inimaginables, solo nosotros seremos capaces de vivir las más de mil vidas a nuestra manera.

Al vacío

Pues cuando llegues, avisa. Llama al timbre, te recibiré con los brazos abiertos. Estaré esperando como se espera al destino, paciente, tranquilo, observador. Cuando te vea sonreiré, miraré hacia arriba y sabré que estoy un poco más cerca, que el encuentro se va a producir, que las lágrimas dejarán de caer, que pasaré de pensar en ella a estar con ella. Afila tu arma, hazlo rápido, no quiero sufrir…

La muerte llegó en el mismo instante en que Iván rozó el suelo.

Bajo el cielo de Nueva York

El móvil no para de sonar, otra vez. Lleva haciéndolo toda la mañana, sin cesar y le cansa. Está tan furioso que lo tira al suelo. Grita, se pone las manos en la cabeza, desesperado. El cliente quiere cerrar ya el trato pero no puede ser, no están todas las cartas encima de la mesa…

Eric fija sus ojos sobre el armario que hay en la pared opuesta a él, concretamente en la pequeña botella de Dalmore que hay encima de uno de los estantes. Va directo hacia él, lo coge y lo vierte sobre un pequeño vaso de cristal, no le importa lo que cuesta, cuanto más mejor.

Sale al balcón para desgustar mejor el whisky, Nueva York lo contempla con su fría mirada, los rascacielos lo miran con cierta envidia. Su traje está hecho a medida y cada pelo de su cabello parece saber perfectamente hacia donde ir. Eric les devuelve la mirada con sus ojos oscuros bañados en un punto de miel, los mira sabiendo que lo tiene todo, que él lo es todo.

Vuelve a entrar y deja el vaso ya vacío sobre su mesa. Necesita algo urgente, lo necesita ya. No espera un segundo, sale fuera del despacho y coge el ascensor. Los 72 pisos que le separan del suelo se le hacen eternos, más cuando se te acaba de ocurrir una idea tan brillante. Por fin llega, las puertas del ascensor se abren y él sale. A pesar de tener prisa, de estar acelerado, su rostro es sereno, y camina con la seguridad de quien se siente bien consigo mismo.

En ese instante ella entra por la puerta principal, lleva un maletín de color oscuro y sus tacones la hacen diez centímetros más alta de lo normal. Su pelo parece terminar allí donde está lo prohibido. Eric siente algo por dentro, desearía oler ese pelo y ver dónde acaba. Se acercan lentamente, sin darse cuenta, como si una fuerza los atrajera. Se cruzan y apenas se rozan con los dedos. A pesar de ser un instante efímero, Eric la siente,y quiere más. Se olvida de aquello que urgía tanto y se dirige donde va ella, al ascensor. Ella entra y las puertas empiezan a cerrarse lentamente, Eric entra en el último momento y ella se gira, se miran, nunca dos miradas se han dicho tanto, parecen comerse, hay curiosidad, y al mismo tiempo deseo, deseo de que aquel ascensor suba hasta el cielo y puedan pasarse mil horas los dos juntos.

Eric pulsa el número de piso de su despacho. Están los dos solos y tienen 72 pisos por delante. Se atraen, los dos lo saben y no quieren esperar. Se miran más que antes, se atraviesan y se analizan, se acercan, el beso es instantáneo, profundo, húmedo, sus lenguas dan mil vueltas dentro de sus bocas y parecen querer averiguar dónde están los límites de cada uno. Eric la atrae más hacia si y sus cuerpos chocan, se rozan y se erizan, la empuja hacia la pared del espejo y la besa con más ansia, como si aquel ascensor se estuviese cayendo y aquel fuese su último beso. Luego baja a su cuello y apenas la roza con los labios, simplemente deja una tenue brisa. Sus ojos se posan en su pelo, su deseo era olerlo, lo hace, huele a vainilla, le gusta, le encanta, podría comérselo si no fuese porque vuelve a comerse sus labios con pequeños mordiscos.

Los dos se excitan cada vez más. Ella se monta en Eric por la cintura, él la sostiene por detrás y ella posa sus pechos a la altura de su cara. Se miran, uno hacia arriba, otro hacia abajo, Eric decide dejar sus pechos para más tarde y le quita dos botones de la camisa para recorrer su ombligo.

La puerta del ascensor se abre, maldito aparato, ha ido más rápido de lo esperado. A Eric no le importa, lo aprovecha, sabe que en su despacho tiene todos los ingredientes para sentirla. Entran exaltados y Eric la lanza al largo sofá negro que hay enfrente de la estantería. Se sitúan uno encima del otro y él alarga su mano derecha para alcanzar el equipo de música, no hay nada mejor que combinar sexo con música.

Eric empieza a recorrer su piel con sus dedos, la quiere oír gemir de placer solo con rozarla, lo consigue, y él se excita más, se dan otro beso, con fuerza, sus labios parecen no querer despegarse. Eric se quita la chaqueta del traje y acto seguido la corbata, está sudando, tiene calor y no le importa si ella tiene o no, pues le desabrocha todos los botones de la camisa y deja la parte interior de su cuerpo al descubierto. Recorre la piel que ha quedado desnuda con sus labios y frena al llegar a los pechos, parece que Eric siente más calor porque se quita la camisa y deja al aire su robusto pecho curtido en horas de gimnasio. A ella parece excitarle del todo, pues lo toca con las manos y se lanza hacia él con firmeza, lo roza con su lengua y Eric siente que necesita seguir, que aquello no es suficiente. La ayuda a quitarse su camisa, y sin parar un instante le quita el sujetador, dejando al descubierto sus pechos redondos, pequeños, duros. Eric no puede esperar y se lanza hacia ellos con ansia y delicadeza a la vez, le encantan, huele el olor a vainilla que los envuelve y siente que podría dormir allí sobre ellos, que le encantaría.

Ella necesita más, lo siente y Eric lo sabe, frena en seco su recorrido por sus pechos y mientras se lanza de nuevo a sus labios para recorrerlos, esta vez, de forma más suave, se empieza a desabrochar el cinturón con delicadeza, despacio, luego para de besarla y deja que sea ella la que le quite los pantalones, lo hace lentamente, lentamente… dejando al descubierto sus slips Calvin Klein de color blanco, albultados por lo que se esconde debajo. Ella empieza a quitarle también los slips y Eric le coge la mano como diciéndole que pare, que aún no quiere mostrarse. Aún con la mano cogida, Eric se la lleva a su barriga, donde no hay apenas grasa y poco a poco baja hasta llegar al miembro, le hace meter la mano por dentro del slip y masajea suavemente, unos segundos, no hace falta más.

Eric se pone encima de ella y empieza a recorrer sus piernas con los dedos para, más tarde, quitarle los pantalones con violencia, quiere ver su cuerpo, ver que esconde, llenarse de ella. Sus braguitas negras son su nuevo objetivo. Le parecen elegantes, sexys, le encantan. Acerca sus labios hacia ellos y da pequeños besos, simplemente para que ella se excite un poco más, lo consigue. Luego sube por su ombligo y, mientras, empieza a rozar su sexo aún con las braguitas puestas. El roce de la tela con su sexo hace que ella gima de placer, y a Eric le encanta, su miembro se pone aún más erecto, y siente que no puede esperar más.

La atrae hacia si y se la sube a la cintura, justo en la misma posición en la que han entrado en el despacho. Sus lenguas se vuelven a confundir, se besan con pasión, arden. Eric quiere que los edificios de todo Nueva York vuelvan a sentir envidia así que no se le ocurre nada más sexy que hacerlo en el balcón mientras miran la Gran manzana. Salen y parecen calentar el aire que hay en el exterior. Eric la deja en el suelo y, ahora si, deja que ella le quite el slip, dejando al descubierto su miembro erecto, durante unos segundos ella baja y lo recorre con sus labios pero Eric no se conforma con eso, quiere más. Con un gesto la hace subir y la empuja en dirección a la baranda, con los ojos en dirección al horizonte. Él se pone detrás y, mientras la abraza, le recorre el cuello y la oreja con la lengua, le da pequeños mordiscos, pequeños besos que la enloquecen. Segundos después, Eric posa sus manos en su braguitas y las baja suave, lentamente, hasta que finalmente caen del todo y dejan al aire su culo, redondo, perfecto.

Eric, roza su miembro contra su culo y es entonces cuando Nueva York contempla la primera embestida. Eric lo hace suave pero a la vez fuerte, para que lo note desde el principio, ella gime entremezclando dolor y placer, él sabe que lo segundo prima sobre lo primero y embiste otra vez, esta vez más fuerte, esta vez más bruto. Repite el movimiento varias veces más y mientras él suspira sobre su oreja, ella gime tan fuerte que espanta a los pájaros. Llegan al límite y los dos caen rendidos sobre la barandilla. Están exhaustos pero ha merecido la pena, dentro de sus cuerpos se mueven las hormonas a un ritmo incesante y no tardarán más de diez minutos en volver a empezar.

- ¿Cerramos el trato, entonces? -dice ella.

Sentir la lluvia

Emma salió por fin del trabajo. Eran las seis y media de la tarde, estaba muy cansada, no llevaba bien el cambio de horario que le habían impuesto, acostumbrada como estaba a trabajar de noche. Llovía a mares, una lluvia fina, helada, que se clavaba en el cuerpo como mil agujas. Quería irse a casa, lo necesitaba, pero eso no iba a ser posible, debajo de aquel árbol, resguardándose de la lluvia… allí estaba él.

Emma no llevaba paraguas, así que se fue corriendo hacia el árbol. Se miraron con nostalgia y se dieron un beso que hizo desaparecer la lluvia, o esa sensación tuvo ella. Luego se cogieron tenuemente los dedos de las manos y, mientras por el rostro de Emma caía la primera lágrima, se dieron un abrazo que los dejó solos, a su alrededor pareció no haber nada, y ella sintió que quería estar así toda la vida, su rostro rozando su pelo, sus manos en su espalda y su cuerpo tan cálido que parecía estar mirando la chimenea de casa.

-Ahora simplemente seremos dos extraños -dijo Emma.

-No, tenemos que hacer un trato: nunca vamos a olvidarnos. ¿Ves está lluvia? Podrás sentirme siempre en ella, cada gota será como una lágrima que caiga de mis ojos, pero no de tristeza, ni de pena, lloraré por ti para que me sientas todos los días de tu vida.

-Me va a costar tanto olvidarte…

Emma puso la cabeza en su pecho y lloró más fuerte, él le acarició su pelo rubio con delicadeza, como si fuese una princesa. Ella lo sintió más que nunca, más incluso que antes…

-Tengo miedo de mirar atrás y que ya no estés -dijo Emma. Lo miró a los ojos como si quisiera mirar a través de él, lo quería.

-No te preocupes, solo me iré cuando tú estés preparada, pero tiene que ser ahora…

Se miraron como si se acabaran de conocer justo en ese mismo instante, el amor era el mismo, los sentimientos, las sensaciones. Se dieron otro beso, ambos sabían que iba a ser el último, Emma lo sintió en los labios, en la lengua, pero también en las manos, en las piernas, en el pecho, en la misma piel, era como si ese beso estuviese recorriendo todas las partes de su cuerpo. Luego se separaron y miraron al infinito.

-Vete ya. Cuando más alargue esto, más grande va a ser la tristeza -dijo Emma.

Él la miró y sonrió, al mismo tiempo le guiñó un ojo. Ya no había más tiempo.

De pronto Emma se vio sola debajo de aquel árbol. Le importó más bien poco las miradas curiosas de algunas personas que se habían parado a ver cómo hablaba sola. En ese instante no podía ser más feliz, así que, simplemente, salió del cobijo que le daba el árbol que había sido testigo directo de la despedida y se dirigió a casa decidida, serena, valiente.

Sabía que tenía toda una vida por delante y muchos retos que afrontar, pero también sabía que, a pesar de su muerte, a pesar de que no lo iba a volver a tocar nunca más, él siempre estaría con ella.

Simplemente tenía que sentir la lluvia.

La tormenta

¿Ya has oído mi susurrar? ¿Ya has notado mi dedo en tu espalda? La recorro suavemente, tan suave que apenas toco tu piel, erizo tu vello y tú te encoges tímidamente.

Estoy a tu lado, tan solo nos tapan las sábanas de este invierno que parece entrar por cualquier escondite.

¿Ya has notado mi aliento, mi respirar? Está en tu nuca, y baja poco a poco por tu brazo derecho. Te huelo, me encanta tu perfume, huele a mar, a sal, a algún paraíso perdido en el Pacífico, huele a arena acariciada por las olas, huele a ti.

Fíjate en el tiempo que pasa entre nosotros, despacio, parece parado, expectante ante lo que hacemos. Te beso en el cuello, y el tiempo se para del todo, se eriza tu piel más que nunca, despiertas pidiendo más. Quizá quieres un beso en el ombligo, quizá en los labios, quizá quieres que recorra tu pecho con mi dedo, o quizá, simplemente, quieres un “buenos días” susurrado al oído.

Te doy todas esas cosas, poco a poco, tenemos todo el tiempo del mundo, no me importa perder tiempo si estoy contigo, pues no se pierde, se gana, recorrería tu piel todos los segundos de mi vida.

Siento que me pides más, me lo dices con la mirada, esos ojos verdes, que parecen entrar dentro de mí y conocerme como si llevásemos toda una vida juntos. Empiezo a recorrer tus piernas con mis dedos y acerco mi nariz para olerte de nuevo, voy subiendo poco a poco, y me salto el fulgor para volver a tu ombligo y seguir subiendo, me paro en tus pechos, y mientras los hago tiritar descargo mi pasión sobre tu cuello, lo beso, lo huelo, lo siento, y entonces subo mi mirada y se encuentra con la tuya, me dice que ha llegado el momento de seguir subiendo de nivel.

Mi boca se posa en la tuya y siento tus labios como si fuesen gominolas, son dulces y esponjosas, me encantan, te doy pequeños mordiscos y gimes pidiendo algo más, te lo doy, mis dedos bajan de forma instantánea y empiezan a recorrer tu cuerpo por dentro, suave, muy suave, aunque tu forma de besarme me cuenta que le gusta, porque estás segura, excitada, tus labios saben qué hacer en cada momento, en cada instante. Yo sigo, y mis dedos se divierten, mi boca pasa a tu cuello, porque sé que te encanta, sé que si lo hago no te podrás resistir y caerás rendida, lo haces, gimes de placer y yo te siento, sigo hasta que el gemido se convierte en respiración.

Entonces paro, y nuestros cuerpos parece que se quedan suspendidos en el aire. Nos miramos, solo hay milímetros entre nuestros ojos, entre nuestros labios, entre tú y yo, sentimos el calor del otro, sentimos la excitación, el cómo estamos temblando, el cómo es la calma antes de la tormenta.

Y la tormenta llega, de repente el mundo parece acelerarse, te cojo de la cintura y te introduzco el miembro de una sola vez, todo, tú miras a la nada y sueltas un grito, al instante lo suelto yo, sentimos el placer de nuestros cuerpos. Mientras mi miembro parece ir al ritmo de una música que no suena te beso, con tanta pasión que cierro los ojos y no quiero abrirlos nunca, mis manos recorren todo tu cuerpo, la cintura, tu suave pecho, y luego se pierden entre tu cabello. Me agito con tanta fuerza que siento que no puede haber nada después de esto y tú cierras los ojos intentando encontrar un mundo donde se pueda disfrutar de tanto placer.

Y entonces tu aliento grita palabras que no se oyen pero que suenan tan intensas como un grito en el desierto. Mis labios empiezan a bajar el ritmo y mi miembro también, al tiempo que te miro a los ojos intentando encontrar respuesta a por qué me gustan tanto estos momentos.

Salgo de ti y me quedo tendido sobre la cama, llega la calma, esa que a veces es necesaria. Te miro y sonrío, tú haces lo mismo. Nos besamos. Te quiero tanto que viviría en este eterno instante, justo en el momento en el que no hacen falta las palabras para decir lo que pensamos.

Aunque el reloj sigue contando y otras tormentas seguirán llegando.