Ahora que no estás

Ahora que no estás pienso en esos instantes, en los recuerdos de aquellos tiempos en los que el mismo gesto iluminaba tus labios, una sonrisa, nadie sabía el por qué pero allí estaba, siempre esperando a que la mirase, siempre esperando a que me contagiase de ella, que mi cara pareciese contenta simplemente por la inercia de ver tu sonrisa, contenta o no al final siempre aparecía porque uno no podía evitar sentirse un poco mejor cuando estaba a tu lado.

Ahora que no estás pienso en esos instantes, en los recuerdos de aquellos tiempos en los que mis lágrimas eran una forma de llamarte, siempre que aparecía una ahí estabas tú con los brazos abiertos, deseando escuchar mi historia para que al final, muchas veces con un simple silencio, simplemente por haber escuchado, me invadiera el interior una paz difícil de describir, como si una tenue brisa de aire despejara todo lo que llevaba dentro y lo alejara de mí para después cerrar las puertas y que no pudiera volver a entrar jamás.

Ahora que no estás pienso en esos instantes, en los recuerdos de aquellos tiempos en que me cogías de la mano y me dabas una carantoña, en que me mirabas con una mirada clara y serena para darme tu consejo y yo sabía que lo dictabas desde el corazón, así que tenía que ser cierto, quizá me dolía, quizá no me sentaba bien pero debía seguirlo, sabía que ese era el camino, solamente el que tú me mostrabas, solamente el que tu corazón me mostraba.

Ahora que no estás pienso en esos instantes, en los recuerdos de aquellos tiempos en los que no fui justo contigo, en los que no te prestaba la suficiente atención, quizá porque pensaba que estarías eternamente a mi lado, porque pensaba que no te  marcharías nunca y que daban igual esos segundos en los que no te escuchaba, esos segundos en los que eras una más, esos segundos… esos segundos que tengo tan contados y que llevo clavados como un puñal en lo más hondo.

Ahora que no estás pienso en esos instantes, en los recuerdos de aquellos tiempos en los un grito salió de mi boca, seguramente injusto, seguramente inmerecido, un grito que no hacía más que lastimarte el corazón poco a poco, a gotitas. Y tu me mirabas en silencio, con tu mirada serena, no salía nada de tu boca porque sabías que el silencio era la mejor manera de callarme, porque no querías gritar, porque no sabías gritar, simplemente sabías que yo solo me daría cuenta del error que estaba cometiendo.

Lo mejor de todo es que seguirás conmigo a pesar de haberte ido, que a pesar de que estás en lugar mejor, seguirás conmigo y compartirás conmigo el llanto, las tristezas, los gritos, los cabreos, la soledad… y yo compartiré contigo la emoción, las sonrisas, las alegrías, los buenos sabores de está vida tan jodida que un día quiso apartarme de tu lado.

Miro hacia el cielo y sé que una de esas estrellas eres tú, que me miras, que me observas y que estarás ahí, que seguirás viviendo mientras te recuerde. Y a pesar de que las lágrimas saltan cada vez que pienso en tu imagen, en los recuerdos, en los instantes, no dejaré de hacerlo, seguiré haciéndolo, seguiré pensando en ti para mantenerte siempre viva.

Embrujo de la noche

Era cerca de la una de la madrugada, la luna llena brillaba sobre los miles de puntitos de luz que hacían que en el cielo saltaran fuegos artificiales, el viento mecía los árboles con la ternura de una madre y acariciaba la fina hierba mojada por las gotitas de rocío que volaban por el aire.

Los cometas miraban los bosques de la vieja Galicia con la añoranza de esos tiempos en los que eran tan queridos.

Allí abajo, perdida entre cientos de árboles que la hacían prácticamente invisible por la noche, había una casucha hecha de piedra y tejado de madera en la que sonó un portazo que hizo que volaran despavoridos decenas de pájaros que dormían plácidamente con ninguna preocupación en su cabeza. Un hombre salió de ella, más que caminar, corría, huía, estaba enfadado. No podía ser, simplemente no podía ser. Una nueva discusión, un nuevo manotazo, un llanto silencioso de alguien a quien ya no le quedaban lágrimas. Pero él no quería, el problema es que faltaba algo, aquella persona no era más que un monigote para él, atrás habían quedado los dulces besos al borde de un acantilado con la única compañía de las olas pegando fuerte contra las rocas, los silencios mirando hacia un mar infinito lleno de esperanzas e ilusiones, las caricias en aquella casucha que había sido testigo de su primera vez.

El aire que les decía en voz baja que no se iban a separar jamás.

Cuando por fin sintió la más profunda soledad alrededor, empezó a llorar, a gritar de rabia, lamentando lo que había acabado de hacer, lamentando que tenía ganas de volverlo a hacer, lamentando que con solo 28 años tuviera esas ganas tan grandes de morir.

Fue entonces cuando la suave brisa que latía a su alrededor se hizo más intensa. Miró a su alrededor, parecía que el bosque se hubiese despertado de un largo sueño, los árboles se agitaban enérgicamente y parecía que los miles de animales que habitaban entre las ramas y plantas habían posado sus ojos en él. No sabía qué pasaba, el aire que flotaba a su alrededor había cambiado, se había vuelto más limpio y parecía que le acariciaba. De repente notó cómo un dedo pasaba por su cuello, un dedo arrugado, largo, caliente y que le transmitía ternura y calidez, aún así se giró aterrorizado, no esperaba que hubiera nadie más en todo el bosque y menos se esperaba lo que vio. Detrás de él había cinco mujeres ancianas, con el color de la piel de un gris verdoso, no había ni un solo centímetro de su cuerpo que no tuviera una arruga, sus rostros aparentaban calma, serenidad y una infinita sabiduría, parecían tener mil años, a pesar de ello tenían una figura alta y esbelta. Echó a gritar pero una de ellas, probablemente la que había rozado su cuello, se llevó un dedo a su boca mandándole callar, el gesto le reprimió las infinitas ganas que tenía de salir corriendo de allí, se quedó parado, esperando lo que iba a pasar. Y no esperaba nada bueno.

Las meigas formaron un círculo alrededor de él, se cogieron de la mano y susurraron en un idioma incomprensible durante unos segundos, repentinamente alzaron las manos y posaron su mirada sobre el cielo, la luna brilló como si se hubiera juntado con el Sol, el viento se movía con la fuerza de un huracán, moviendo todo lo que había alrededor de forma violenta, fue entonces cuando se vio arrastrado, no podía evitarlo, el viento era fortísimo y en cuestión de segundos se vio volando por su fuerza, como si un gigante lo hubiera cogido y lanzado con toda su rabia, cayó bajo un árbol grandísimo, increíble, y sus ramas cayeron sobre él como si quisieran aplastarlo, los árboles de los alrededores también despertaron y movían veloz y fuertemente sus ramas hacia él, intentando golpearle, quiso moverse pero algo lo mantenía pegado al suelo, quizá la mismísima fuerza de la tierra, en ese momento las meigas bajaron de nuevo la mirada y susurraron otras palabras, al instante todo cesó, como si las meigas hubieran ordenado a la madre Tierra que no le hiciera nada, volvió la tenue brisa, los árboles volvieron a ser simplemente árboles y podía mover todo su cuerpo, aunque a duras penas, el golpe de las ramas lo había dejado moribundo. Entonces las meigas lo miraron, directamente hacia sus ojos, segundos después la volvieron a dirigir hacia el cielo, como diciéndole que siguiera sus miradas, que mirara hacia donde ellas miraban. Así lo hizo. Volcó sus ojos hacia el cielo esperando ver algo, aunque allí seguía el mismo cielo estrellado que había presenciado su huida de la casucha.

Pero todo cambió.

De pronto algo apareció en el cielo. Parecía que todas las gotitas de rocío que había en el aire se estaban reuniendo en un mismo sitio, y cada una de ellas traía consigo una imagen, una imagen que formaba otra más grande y la escena que había en ella se la sabía de memoria. Una cala, una playa de un azul vivísimo y un atardecer. Sobre la arena, un jovenzuelo con toda la vida por delante estaba arrodillado con un anillo en la mano frente a una chica con el rostro bañado en lágrimas. Era el día en que le pidió a su mujer que se casara con él. Ella aceptó. Porque se querían, porque estaban ilusionados, porque la vida era bella, porque ninguno de los dos esperaba lo que años más tarde empezaría a pasar. Entonces la imagen empezó a cambiar rápidamente, como si fuera una película, la película de su vida. Decenas de imágenes volaban por el cielo, en todas ellas las mismas personas: ella y él, él y ella. Dos miradas tumbadas en la cama al amanecer con las que decirse te quiero, besos escondidos en cualquier rincón de la ciudad porque quizá era un amor prohibido, dos manos cogidas bajo un árbol que le tapaba la mirada cotilla al astro rey, unos labios recorriendo el cuerpo desnudo de alguien por la que un día hubiera dado la vida.

Luego silencio, y las gotas de rocío que se esparcen.

Cayó rendido al suelo, de rodillas y las miró con una cara con la que suplicaba perdón. Las cinco fijaron su vista en él, sonrieron compasivas y se dieron cuenta de que la disculpa era sincera, de que el amor había vuelto a brotar. Al comprobar que no le iban a hacer daño empezó a llorar como un niño, primero lenta y silenciosamente, y luego desesperado, eran lágrimas que mezclaban la rabia por lo que había hecho hasta ese momento con alegría por todo lo que le quedaba por hacer, que dar, que demostrar. Lágrimas que daban las gracias a las meigas, al influjo mágico y especial del bosque, al aire que en ese instante le acariciaba en vez de lanzarlo por los aires, a las hojas de los árboles que le abrazaban mostrándole su cariño y comprensión. Y se rió. De la ingenuidad de todos aquellos que cuando observaban un árbol solo veían un trozo de madera, que les daba igual respirar aire de ciudad que aire del bosque más puro, de aquellos que al mirar una estrella solo veían un puntito de luz insignificante, de aquellos que pensaban que la magia solo era cosa de leyendas medievales, que era cosa de niños, de chiflados. Se reía, a carcajadas, porque la vida le había demostrado que había que creer, y creer le había ayudado a creer de nuevo, a creer en un amor que ya estaba perdido, un amor que se había apagado a base de puñetazos.

Algo le hizo dormirse lentamente allí, tendido sobre la fina hierba húmeda por el rocío, quizá las meigas, que habían asistido en vivo al perdón de las lágrimas y sonrisas, que habían demostrado al mundo una vez más que solo el amor podía cambiar las cosas.

Despertó en la casucha, en la cama donde horas antes había acorralado a su mujer. La miró, aún tenía algunos moratones, frutos de la violencia. Recostó su cabeza contra su pecho y lloró silenciosamente, pidiendo perdón por todo lo que había hecho.

Aunque sabía que ella nunca más lo escucharía.

Porque nunca más despertaría.

Elogio del error

Los llantos del olvido llenaron la habitación, no se oía nada más que el triste quejido que siempre suena cuando no se quiere llorar, por vergüenza ante uno mismo, porque no merece la pena, o simplemente porque quedan tan pocas lágrimas que físicamente duele intentar soltar una más.

Miraba la estancia vacía con los ojos de recuerdos, se proyectaban en ella las imágenes de lo que ojala no hubiera pasado, eran tantas, tantas imágenes y recuerdos que quisiera poner en el baúl de lo olvidado, hechos, momentos, quizá toda una vida en la que demasiadas veces hubiera querido usar la goma de borrar y escribir de nuevo otra historia, un nuevo cuento, perfecto, sin tachones, sin momentos que guardar en el baúl de lo olvidado, un cuento en el que el protagonista se queda con el castillo más grande y la dama más bella.

Pero entonces se miró a si mismo y empezó a sonreír, primero ligeramente, luego a carcajadas, lágrimas de dolor y de alegría se confundían en un rostro que no sabía muy bien qué expresar. Reía simplemente porque sabía que para que en todos esos cuentos el protagonista se quede con el castillo más grande y la princesa más bella, primero había tenido que pasar por numerosas aventuras, luchar contra los más temibles y peligrosos dragones y caerse al menos diez veces de su caballo.

Sabía que los cuentos de hadas solo eran así al final.

Fue en ese instante cuando dejó de llorar y miró al vacío con ternura, quizá porque se estaba mirando a si mismo como si estuviera ante un espejo y le entró rabia por lo que acababa de hacer. Porque sabía que las lágrimas no le harían más fuerte sino los hechos que había vivido, esa vida llena de tachones que había querido borrar. Sabía que esos tachones harían el cuento perfecto, que el error solo era una caída del caballo y que eso, simplemente, producía unos tenues rasguños. Sabía que no hay ningún caballero que no se haya caído ninguna vez del caballo y también sabía que aunque se hubiera caído, al final en los cuentos y también en la vida real, todos pueden ser felices y comer perdices.

Así que se levantó, miró por la ventana hacia una brillante luna que le saludaba desde el cielo y dio las gracias, nadie sabe a quien, por haber hecho que cometiera el error, ya que sabía que nunca más lo iba a cometer y que éste solo había sido una pequeña baldosa más en su camino hacia el “y fueron felices y comieron perdices”.

Sacar la basura

Salgo de la casa y me paro a mirar a mí alrededor. La calle está en plena ebullición, decenas de personas caminan arriba y abajo quizá sin un destino determinado, hablando entre ellas de cosas sin sentido, mirando en un escaparate las últimas ofertas de esa tienda, paseando al perro para disfrutar de un instante de soledad consigo mismo. Personas con sus vidas, sus intereses, sus pensamientos… y aquí estoy yo, con mi vida, mis intereses, mis pensamientos.

La basura que llevo encima me pesa demasiado, necesito encontrar un contenedor cuanto antes, si es que mi quiropráctico de cabecera ya me lo dice: “procura no llevar mucho peso en la espalda, algún día te quedarás bloqueado en la cama”.

Creo que la gente me mira con miedo, asustada, y en parte lo entiendo, llevo una semana sin afeitarme y la barba espesa empieza a poblarme la cara, parezco un mendigo, solo me falta ponerme en la puerta de una tienda, sacar un vaso de plástico y que la gente me empiece a tirar los céntimos a regañadientes. Además, llevo una cazadora demasiado grande y no lo puedo evitar, el hombre del tiempo no se ha equivocado, hace un frío que pela.

Por fin llego al contenedor y me puedo quitar el peso que llevaba en la espalda. Ya era hora de que me decidiera a tirar la basura, empezaba a hacer un poco de olor y la cocina empezaba a llenárseme de moscas.

Emprendo de nuevo el camino, tengo hambre, creo que iré al restaurante ese que acaban de abrir en la esquina, dicen que es bastante bueno, espero que sea así. Cenaré solo, disfrutaré así de mi soledad, de mi vida, de mis intereses, de mis pensamientos, aunque quizá durante la cena eche en falta alguna conversación, siempre no es bueno estar solo, quizá ahora necesitaría la compañía de Luis. Pero bien, da igual, cenaré bien en el restaurante y creo que… él también lo hará en el contenedor.

No te portas bien, cariño

Ramón salió de su habitación dispuesto a hacerlo, sí aquel día lo haría.

Estaba harto de ella, no la soportaba, no hacía lo que él quería, no se comportaba bien. Sus castigos no eran suficientes, por más que le pusiera la mano encima ella siempre volvía a las andadas. Y él también.

-No te portas bien cariño, te tengo que castigar -le decía.

Los gritos de ella se oían por toda la casa, incluso algún vecino se sentiría escandalizado, pero nadie actuaba, nadie acudía en su ayuda.

Bajó por las escaleras lentamente, tranquilo, pensando que aquello que iba a hacer sólo era por su bien, pensando que la ayudaba de esa manera. Porque no se portaba bien. Se dirigió al salón, la televisión estaba encendida, en ella la telenovela que ella veía todos los días, una telenovela que ella veía cada día y a él no le gustaba, no, era otra de esas cosas por las que ella no se portaba bien. Entró en el salón decidido, aquello se iba a acabar.

Poco después… un disparo sonó.

Cayó en redondo al suelo, se podría decir que casi ni notó el disparo que le entró por la nuca.  Todo había terminado y fue entonces cuando empezó a reír, a reír como no había reído en su vida. No podía creer que estuviese muerto. ¡Por fin!

Empezó a caminar por la casa, disfrutando por fin de su libertad, esa libertad que tantas veces había ansiado, y entonces recordó su frase: “no te portas bien, cariño”. Y fue entonces cuando dejó por fin liberar su rabia, por fin pudo decir:

-¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!

Gritó con todas sus fuerzas, llorando y riéndose a la vez, soltando todo lo que llevaba dentro. Estaba sola en casa pero nunca se había sentido mejor.

Subió a su habitación y se dejó caer en la cama, ahora sólo sería para ella y esa sería la primera vez en muchos años en la que nadie la obligaría a hacer algo que no quería. Se dejó envolver por las sábanas y se durmió con una sonrisa en los labios, disfrutando de lo que sería su primera noche en libertad, disfrutando de lo que había sido su venganza.