Cuentos

La princesa que no podía reinar

Cuentan los más viejos del lugar que una vez, al pequeñísimo pueblo de Villa del mar, llegó un príncipe de un reino tan lejano tan lejano que nadie lo había oído nombrar, ni siquiera los que decían orgullosos que habían estado en todos los rincones del mundo. El príncipe era uno de los hombres más guapos que nadie jamás había visto, tan fuerte que seguro que podría vencer a cualquier caballero con el que se enfrentara y tenía un pelo tan rubio que se confundía con los rayos del Sol.  Venía acompañado por su padre, un viejo gordo con pintas siniestras, y un escudero que era a la vez su mejor amigo.

Todo el pueblo salió a la calle para recibirlo, nunca les había visitado un príncipe así de guapo así que aquello era un gran acontecimiento. Los hombres lo miraban envidiosos mientras que las mujeres solo tenían un deseo en la cabeza: estar lo más cerca posible de él. El príncipe llegó hasta la plaza, se bajó de su caballo y anunció algo:

—Queridos habitantes de Villa del mar, llevo días y días recorriendo el mundo con el único deseo de encontrar una mujer de la que enamorarme. A pesar de que no he cesado en mi búsqueda, aún no la he encontrado. He llegado a este pequeño pueblo con la esperanza de que aquí esté la chica por la que daré mi corazón. Por eso, esta noche celebraré una fiesta aquí en plaza en la que habrán los más exquisitos manjares traídos desde todas las partes del mundo, mientras comemos y nos divertimos espero conocer a la mujer de mis sueños.

Una vez acabó el discurso, se subió al caballo y se fue a la vieja posada a descansar junto a su padre y su escudero.

Mientras, en una casa grandísima situada en lo alto de una colina, se reunieron tres personas: el alcalde, el cura y el jefe de caballería.

—Debemos encontrar una buena mujer para el príncipe. Una mujer que lleve el nombre de nuestro pueblo allá adonde vaya —dijo el alcalde.

—Entonces no podemos permitir que sea cualquiera. Tiene que tener dinero, el dinero es símbolo de grandeza —dijo el jefe de caballería.

—Él tiene razón, alcalde. No puede ser alguien pobre porque los pueblos de alrededor hablarían mucho sobre el tema, dirían que en Villa del mar no tenemos dinero —dijo el cura.

—Entonces propongo una cosa, a ver qué os parece: al baile de esta noche solo podrán asistir las mujeres que tengan dinero, haremos que las pobres se queden en sus casas —dijo el alcalde.

El cura y el jefe de caballería sonrieron, estaban muy de acuerdo con la propuesta del alcalde.

Esa tarde, cuando la gente se iba ya a sus casas después de un largo y duro día de trabajo, los soldados salieron de los cuarteles y se repartieron por todo el poblado. Llevaban con ellos una larga lista de personas que esa noche no podría salir de su casa. Los soldados entraron en las casas derribando puertas y ventanas, ponían sus espadas y cuchillos en los cuellos de la pobre gente y les advertían, bajo pena de muerte, que esa noche no podrían salir de sus casas.

Pero una de las chicas que habían sido advertidas por los soldados, llamada Lucía, no quería hacerles caso, quería conocer al príncipe, le había parecido encantador, noble e inteligente, se había enamorado de él. Así que decidió hacerse pasar por una mujer con dinero e ir al baile de esa noche.

Llegó la noche. La plaza estaba totalmente engalanada, una hilera de antorchas la iluminaba, en el centro había una mesa con los más exquisitos manjares que uno se podía llevar a la boca y dos juglares cantaban y bailaban.

Pero había un problema, un problema gravísimo, en la plaza no había casi mujeres, apenas había cinco o seis. El príncipe estaba preocupadísimo, ¿No había más mujeres en el pueblo? ¿Sería capaz de encontrar el amor entre tan pocos corazones? Lo tendría que comprobar

 Empezó a hablar con las chicas, se interesaba por sus aficiones, en cómo pasaban su tiempo libre, en si ayudaban a su familia… Pero ninguna le gustaba, todas le parecieron un poquito… tontitas… ninguna ayudaba en su casa, todas tenían sirvienta, ninguna había leído un libro en su vida y todas parecían ir más buscando su dinero y ser princesa más que su corazón. Pero entonces conoció a alguien diferente, entonces vio… a Lucía.

Lucía era una chica encantadora, tenía el pelo moreno, los ojos negros y parecía que siempre sonreía. El príncipe supo desde el primer momento en que la vio, que ella sería su princesa. Se acercaron lentamente, se miraron y sonrieron:

—Hola —dijo el príncipe.

—Hola —dijo Lucía con timidez.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó el príncipe.

—Lucía —contestó ella.

—Ven a bailar conmigo —le dijo el príncipe agarrándola por el brazo.

Lucía y el príncipe empezaron a bailar, los dos sonreían, estaban felices. Ella estaba encantada por tener al príncipe de sus sueños por fin delante y él estaba feliz porque por fin se había enamorado.

Estuvieron toda la noche bailando, felices, hablando de las cosas que les gustaba a cada uno, ella le preguntaba por cómo era su palacio y él le preguntaba por las cosas que hacía en su humilde hogar, y es que no había nadie tan humilde como Lucía.

Lucía nunca lo había pasado tan bien, ella estaba acostumbrada a pasar el día ayudando a sus padres con los animales, nunca había ido a una fiesta como esa.

Y el príncipe no podía ser más feliz, ¡Lucía le gustaba tanto! Era tan simpática, tan buena y tan inteligente que no podía creer que estuviera bailando con ella.

Cuando los juglares terminaron de cantar, Lucía y el príncipe se miraron a los ojos y se dieron un beso en los labios. ¡Ay… el amor! Mientras, la gente que había ido al baile gritó de alegría al ver que el príncipe ya había encontrado a su princesa.

—Mañana por la mañana, tú y tus padres vendréis conmigo a mi reino y nos casaremos. ¡Nunca más volverás a ser pobre!

Se dieron un beso de despedida y se fueron, el príncipe a la posada y Lucía a su casa pero Lucía no sabía que alguien le perseguía. Era el alcalde, que se había dado cuenta de que Lucía era pobre, y como sabéis, el alcalde no quería que el príncipe se casara con alguien pobre.

—Esa chica no se puede casar con el príncipe, habrá que matarla… —dijo el alcalde mientras Lucía entraba a su casa.

A la mañana siguiente, un soldado golpeó fuertemente la puerta de la casa de Lucía y ella abrió.

—Por orden del alcalde, vengo a detenerte por haber robado diez monedas de oro. El castigo será tu muerte.

Lucía gritó desesperada ¡ella no había hecho nada! Gritaba y gritaba mientras el soldado la llevaba al calabozo, todo el pueblo salía a la puerta de casa para ver a la pobre Lucía y algunos lloraban al verla.

Pasaron por delante de la posada en donde dormía el príncipe, que al escuchar el alboroto, salió a la calle muy preocupado.

— ¿Qué pasa? ¿Qué le vais a hacer a mi Lucía? —preguntó el príncipe.

—Esta muchacha ha robado y el castigo por hacer eso es la muerte —dijo el soldado.

— ¡Qué! ¡No, por favor! ¡No le podéis hacer eso! ¡Lucía no puede morir, ella es mi princesa! —exclamó el príncipe.

—Lo siento, las cosas son así —dijo el soldado.

— ¡Ayúdame! ¡Sálvame! —dijo Lucía llorando.

El soldado la arrastró hasta el calabozo. Allí pasaría el tiempo hasta que la mataran.

Mientras, el príncipe andaba de un lado a otro de su habitación, no podía creer que fuesen a matar a Lucía, tenía que hacer algo, era el amor de su vida ¿pero qué podía hacer? Decidió salir a la calle para que le diera el aire. Paseando, paseando se encontró con el alcalde, el cura y el jefe de caballería, estaban hablando. Se escondió en unos matorrales e intentó escuchar lo que decían.

—Menos mal que hemos detenido a esa muchacha, ella no podía casarse con el príncipe —dijo el alcalde.

—Sí, hubiera sido una vergüenza para nuestro pueblo —dijo el jefe de caballería.

—Aunque me da pena, la hemos detenido por algo que no ha hecho —dijo el cura.

—Bah, eso no importa —dijo el alcalde.

El príncipe sintió una rabia tremenda, Lucía no había hecho nada, era inocente, tenía que rescatarla y llevársela a su reino, allí por fin podría ser feliz.

Un par de horas más tarde, todo estaba preparado para que Lucía muriera. La iban a quemar en la plaza del pueblo, como a las brujas de los cuentos. Allí estaba todo el pueblo.

Lucía llegó hasta allí arrastrada por los soldados. Todo el pueblo lloraba porque todos sabían que ella era inocente pero tenían mucho miedo, por eso nadie lo decía. La ataron a un palo que estaba en medio de la plaza, allí había también muchos palos y maderas para que el fuego se pudiera encender. Entonces, el alcalde cogió una antorcha y se acercó a las maderas para encenderlas.

Pero en ese momento apareció el príncipe:

—       ¡Alto! —dijo el príncipe gritando.

Toda la gente le miró, nadie sabía qué estaba pasando.

—       ¡No podéis matar a Lucía, ella es inocente! —dijo el príncipe.

El príncipe se acercó hacia donde estaba Lucía para que todo el mundo le viera.

—Pueblo de Villa del mar, esta muchacha es inocente. He escuchado al alcalde, al cura y al jefe de caballería decir que Lucía era inocente así que no entiendo por qué ha estado a punto de morir. Por favor, pido una explicación.

El alcalde, el cura y el jefe de caballería se acercaron hacia él avergonzados.

—Alteza. No podíamos permitir que usted se casara con un persona pobre de nuestro pueblo, eso sería una vergüenza para nosotros —dijo el alcalde.

—No puedo entender lo que me decís. Estoy enamorado de Lucía, la quiero, me da igual si es pobre o rica, me da igual cómo sea, me quiero casar con ella. Nunca había conocido a alguien como ella y me dais mucha lástima por haber querido matarla, me dais vergüenza. No se debe mirar a las personas por si son pobres o ricas, se tiene que mirar su interior, se tiene que mirar su corazón. Lucía es una princesa por dentro, ¿es que por ser campesina no puede reinar?

El alcalde, el cura y el jefe de caballería miraron al suelo avergonzados. El príncipe tenía razón.

—Bueno si los dos os queréis casar, ¿a qué esperar? Os puedo casar ahora mismo —dijo el cura.

Lucía se echó a llorar de felicidad y el príncipe sonrió, también feliz.

Y se hizo la boda. El cura dijo eso de “Puedes besar a la novia” y Lucía y el príncipe se besaron en los labios.

Todo el pueblo gritó y lloró de emoción, ese día todos eran felices en Villa del mar.

— ¡Viva el príncipe y la princesa! ¡Viva!

El príncipe y la princesa se fueron de luna de miel y disfrutaron por fin de su amor. ¡Y es que estaban tan enamorados!

Al final triunfó el amor y todos vivieron felices y comieron… pastel de chocolate, que las perdices están muy malas.

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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