Grises

Late el viento a un ritmo desacompasado a la tormenta, se sitúa en medio de ella, le da vueltas, huyendo y jugando al mismo tiempo, como un niño que descubre una atracción nueva y empuja y empuja para que las horas pasen volando y, a la vez, como un viejo delante del mar, esperando que llegue su destino, ajustando su reloj para no perder el camino.

Tú y yo somos viento y somos tormenta, somos todas esas cosas que no podemos tocar, somos Romeo esperando bajo el balcón, somos ese Hamlet que ya no sabe si ser o no ser.

Somos todas esas dudas que nunca se resolverán.

Porque esta pelota azul que gira y gira corre deprisa y te hace caer, te hace levantarte, situarte en medio de la tormenta y darte cuenta de que las nubes blancas y negras se dan la mano y forman grises, reflejo de lo que pasa en tierra, reflejo de lo que somos: una gama de grises de todos los colores.

Grises que bailan al ritmo de la tormenta.

Grises como puñales acabados en rojo.

Grises como las lágrimas que no puedes evitar escupir al reír.

De Sol y oscuridad, como es la vida esta.

Veranos de sal

Piso las aceras testigos de nuestros silencios.
Las calles que escucharon ese primer abrazo.
Espera, lo revivo, lo siento.
Aguarda, te alcanzo, miento.
Ya no estás aquí.
Recuerdo el punto exacto en que te hablé por primera vez, el olor de la calle que me había visto crecer.
Verano de niños, de eternas vacaciones y granizado de limón, de orquestas que acompaño a plena voz, de agua salada y brisa refrescante.
Verano de niños siendo adultos, como si fuese la primera vez que sentimos el mar, así sentí tu aliento cuando rocé tu cara en ese primer beso.
Tantas primeras veces que, sin saberlo, eran las últimas.
Las últimas palabras.
La última sonrisa.
El último beso.
Luego septiembres.
Luego borrachos de orquesta que ya no entonan las notas.
Luego granizados que sólo saben a hielo.
Luego adultos que ya no se conocen.
Silencio. Pienso. Tiemblo. Ya no me conozco.
Pero quizá…
Quizá dejar de ser adultos.
Quizá olvidar los inviernos.
Quizá volver a pisar la arena de la mar.
Quizá pensar que la lluvia es confeti y los olvidos recuerdos, que en las calles hace calor y somos nosotros los borrachos de orquesta.
Esos que siempre bailan a pesar del que dirán.
Esos que son felices a pesar del qué dirán.

Mi vieja amiga

Hay quien mira a la muerte como una enemiga, una vieja sombra que se arrastra entre los vivos, atenta a cualquier suspiro agónico para poder hacer un viaje sin fin hacia la oscuridad más negra, esa de la que es imposible escapar, esa que construye muros sobre abismos, muros que impedirán volver a ver una sonrisa, sentir una caricia o dar un beso.

Tenemos miedo a la muerte como si fuera el final de una historia, tememos no ser más que un recuerdo que se perderá en el tiempo, polvo estelar incapaz de pensar, de tocar y ser tocado, de sentir emociones. Tenemos miedo al abismo porque no sabemos qué será de nosotros.

¿Qué será? La eterna pregunta.

El ser humano es capaz de ir a la Luna y no saber qué ocurre con nosotros cuando el cuerpo dice basta.

Quizá hemos convertido la pregunta más repetida de la historia en la más silenciada, en el tabú más grande de todos los tiempos. Quizá es por eso que nada sabemos y nada queremos saber.

Deberíamos abrazar la muerte simplemente como una vieja amiga con la que nos volvemos a encontrar, una compañera de viaje en este camino llamado eternidad. Porque, aunque no nos demos cuenta, ya hemos estado muertos, y lo peor que nos pudo ocurrir en esa oscuridad tan temida fue nacer crecer, sentir, tocar, emocionarnos.

Considero la muerte como una etapa más en nuestro camino, una etapa que deberíamos saber afrontar y tratar desde todos los frentes, en todas las edades. Porque de ella nada sabemos y, por tanto, nada podemos juzgar, no podemos juzgar la muerte como negativa o positiva, no sabemos si nos convertiremos en polvo, en un escarabajo o de nuevo en seres humanos, esta vez en la otra punta del mundo.

Dediquémonos a aprovechar esta etapa y pensemos que es inevitable acompañar, tarde o temprano, a ese no saber, a esa sombra sin guadaña que tal vez aconseje en lugar de aterrorizar.

Sólo así dejaremos de temer y disfrutaremos mucho más de este viaje.

Trazos imperfectos

Ya no me acuerdo de tu rostro.
Te construyo.
Te deshago.
Me olvido.
Eres como un maniquí de madera en una orquesta cuyas guitarras ya no suenan.
Eres verano, corto, intenso, feliz.
Eres café de mañana cuyo sabor viene a mí, cuyo olor se pierde entre olvidos.
No logro atisbar el color de tu piel, las pecas de tu rostro o las imperfecciones de tus labios.
Beso el aire a ver si te encuentro en él.
Imposible.
No recuerdo tu caminar ni tu forma de mirarme, sólo conservo la esencia, sólo sé que me gustaba.
No sé qué me gustaba.
No sé ya quién eres tú.
Si un recuerdo o sueño.
Ilusión tal vez.
Imaginaciones vertidas en este trozo de papel.
El lápiz me recita tu nombre.
Y aún tengo dudas.
De esas infinitas que no caben en una sola línea, de esas que no son punto y aparte sino seguido de todos tus alientos.
Sólo sé que seguiré buscando tu rostro.
En sueños.
En libros.
En cuentos.
En canciones que hablen de nuestra historia.
Allí donde tus ojos tomen forma.
Donde nuestro cuento se haga vida.

Reflexiones en San Valentín

Mientras escribo estas líneas, repaso mis redes sociales y observo por todas partes demostraciones de un amor que parece eterno, sin una sola mancha negra en su pasado, de una felicidad más propia de cuentos de hadas o de películas de Julia Roberts.
Vivimos en una época en que mi amor por una persona no vale si no lo proclamo por todo internet, si no digo que la quiero, que es el amor de mi vida, que todo sería un infierno si ella no estuviera a mi lado.
Vivimos en una época en que necesito tener mil fotos con ella y que todos mis amigos las vean. Una besándola, porque todo el mundo debe saber que nuestros besos son los más sinceros. Otra abrazándonos, para que nadie pueda decir que no somos cariñosos. I otra recordando todos los años que llevamos juntos, no vaya a ser que alguien piense que nuestro amor es flor de un día.
Vivimos en una época que me obliga a hacerle un regalo a mi pareja en un día como este. No importa que el resto del año apenas nos comuniquemos, si hoy le regalo algo y, además, lo hago saber a todo facebook, nuestro amor no morirá en cien años.
Pues a mi me gusta más el amor silencioso, de las miradas que hablan, de picarnos constantemente, de reírnos de nosotros mismos y hacer locuras sin pensarlas. Ese amor que no hace falta gritar a los cuatro vientos. Porque es necesario demostrar y no aparentar, quererse todos los días y no sólo una vez al año.
¿Qué pasa? ¿No hay amor si no le digo que la quiero? ¿No hay amor si no la rodeo de obsequios y poemas? ¿No hay amor en un abrazo, en una simple mirada, en un sencillo beso?
Pienso que deberíamos vivir más el día a día y fijarnos en las pequeñas cosas. Es allí donde verdaderamente reside el amor y no en un mensaje en una red social, un mensaje que puede estar carente de sentido, de sensibilidad, de pasión, lleno de palabras, vacío de contenido.
En fin, voy a dar otra vuelta por mis redes sociales y a sentirme fatal porque hoy todavía no le he dicho a nadie que la quiero.

Páginas en blanco

Brindo por todas aquellas historias que nunca escribimos por miedo a querernos.
Brindo por los eternos bailes que danzamos sin mirarnos a los ojos, sin contarnos las caricias.
Brindo por las canciones que escuchamos sin pensar en nadie, a pesar de que cantaban nuestra historia.
Brindo por los silencios que decían tanto y por las palabras vacías que callaban a gritos.
Brindo por todas aquellas veces que quisimos follarnos y sólo nos miramos tristes.

Brindo por ti y por mí,
por todo lo que fuimos,
por lo que dejamos de ser.
Por los defectos y virtudes,
por las catástrofes y precipicios, los nuestros,
y por las segundas oportunidades.

Brindo por escribir nuevas historias sin miedo a perdernos.
Brindo por bailar mirándonos a los ojos, contando cada imperfección de nuestra piel.
Brindo por cantar esas canciones que cuentan nuestra historia, gritarlas, dejarnos la voz toda la noche.
Brindo por los silencios que cuentan cuentos y palabras que susurran te quieres.
Brindo por el sexo sincero de gritos ahogados, de pieles eternas y labios prohibidos.

De historias reescritas está hecha la vida.
De cuentos de hadas de finales inacabados, imprecisos, imperfectos.
Ya no queda nada de nuestra historia.
Ya no queda nada de los finales.
Y no nos hacen falta.
Porque aún nos quedan los principios, los inicios, las segundas partes.
Esa historia de páginas en blanco aún por escribir.

Precipicios

Acaba conmigo,
cierra los ojos y lánzame a tus precipicios,
yo caeré,
o haré como que caigo.

Así, con los ojos cerrados,
tal vez sea imposible encontrarnos,
sin perdernos, sin buscarnos,
en esos vacíos tan oscuros como tus ojos.

Ojalá saber qué escondes,
o quizá esconderme contigo,
para que nadie nos descubra, no me importa estar callado.

Poner mil excusas a mis silencios,
que tal vez no quiero decir te quiero,
que me acuerdo de ti,
que te diría ven si tú lo dejaras todo,
que te diría ven aunque no dejaras nada.

Tal vez no quiera decir que con tu sonrisa me basta.

Mil excusas que se acaban,
acaba conmigo, repito,
que ya no soporto tu ausencia,
que me he cansado de pensarte,
de besarte sin labios,
de follarte sin sexo,
de perderme,
de caerme…

O tal vez ya esté perdido,
tal vez ya he caído,
tal vez ya esté en tus precipicios.

Porque ya no sé si eres locura,
que tal vez nunca has existido.