Olvida

Pintamos de arrugas las sábanas de esa cama que fue testigo de nuestros secretos.

Dibujamos cada imperfección porque estábamos hechas de ellas, y las contábamos.

Y en nuestros cuerpos desnudos hicimos de la vergüenza un arte y del rubor una estocada al compás de cada grito, de cada aliento, de cada suspiro.

Estamos hechos de recuerdos, de memorias cantadas entre sábanas y luces apagadas.

Recuérdame…

Mis dedos, pero no mis ojos.

Mis labios, ni siquiera mi cuerpo.

Recuerda los instantes y no me pongas rostro, porque será lo que te duela.

Te dolerá cada momento feliz que viviste conmigo.

Te dolerá cada mirada que cruzamos diciendo te quiero.

Te dolerá cada despertar a mordiscos confundidos en besos.

Te dolerá cada paseo en el parque pensando en los mañanas, en los futuros.

Te doleré tanto que querrás dejar de quererme.

Te doleré tanto como me quisiste algún día.

Joder…

Te odio, me dueles…

Porque recuerdo tu rostro y los instantes. Porque aún de noche contemplo tu cuerpo desnudo abrazado a mí, y desapareces al siguiente parpadeo.

Me duele cada momento feliz que viví contigo.

Me duele no poder volver a vivirlos.

Me duele no tenerte…

Por eso, recuerda…

Recuerda mis dedos, pero no mis ojos.

Recuerda mis labios, ni siquiera mi cuerpo.

Olvida todo lo demás para que jamás tenga que dolerte.

Existencia

Hola. Sí, te hablo a ti, que me estás leyendo, que atrapas cada letra y la procesas, que fotografías cada instante y lo haces nuestro.

Te hablo, y ni siquiera sé si existes.

Tú, que quizá estés en un rincón apartado del mundo, esperándome.

Tú, que algún día dormirás abrazada a mí, esperando que no salga el Sol.

Tú, que piensas en mí y ni siquiera sabes si existo.

A ti, que te quiero sin conocerte, que te sueño y no sé tu nombre, que te olvido sin siquiera haberte recordado.

A ti, que estás mirando esta misma estrella que me dice que estás ahí, que ella te está viendo, la única que sabe que nos pensamos uno al otro.

Que te quiero.

Que te pienso.

A ti, que aún no sé quien eres.

En verdad es mágico, ¿no? Tener la certeza de que aún no conoces a esa persona que te va a cambiar la vida, esa persona que está por llegar, la que te encantará escuchar reír y odiarás atrapar cada lágrima. Tener la certeza de que ahora, en este preciso instante, mientras yo escribo estas líneas de locura, tú, Ella en mayúscula, está en alguna parte, y que solo es necesario estar en el momento justo y en el lugar adecuado para encontrarla.

Y dejar de pensarla para darle un abrazo que dure toda la vida, tener la certeza de que lo que tanto buscabas está entre tus brazos.

Y cierras los ojos. Descansas.

Queda poco tiempo…

Falta menos para ese instante…

Solos tú y yo…

Pasar de la nada al todo…

Te hablo, y ni siquiera sé si existes.

Me hablas, y ni siquiera sabes si existo.

Dioses e infiernos

Llueve…

A cada instante, una gota, dos, tres… Recorre mi cuerpo, confundo sudor y agua, miro hacia arriba y mil dioses me observan esperando el siguiente movimiento. Ríen, cantan, bailan, y la tempestad son sus copas brindando en la más ruinosa de las tabernas, burlándose de los tristes humanos, que nos preocupamos de problemas mundanos.

Qué sabremos nosotros…

Soy un juego, velan por mí, estoy encima de la mesa y sus ojos están fijos en mí. Me siento pequeño. Silencio. Se miran, ¿qué hago? No lo sé. El sudor recorre mi cuerpo e intento dar el primer paso. Me cuesta, me duele, me caigo. Se burlan, lloran de la risa, me señalan, miro abajo.

Ya no duelen las piernas, sino el alma.

La oscuridad, las barreras, los vacíos, los abismos… Duele todo aquello que perdí, todo aquello que nunca logré alcanzar.

Me dan un empujón, aun estando en el suelo, siguen burlándose de mí, quieren que me levante, quieren que me caiga otra vez.

Y lo hago, y lo haré.

Tantas veces como sea necesario. Mi cabeza me lo dice, me lo grita, me lo repite una y otra vez.

Hazlo, hazlo, hazlo…

¡Hazlo joder!

¡Que no son dioses, son fantasmas! ¡Que no son gigantes, solo sombras de ti mismo!

Hazlo, no lo intentes, porque intentarlo es el primer paso hacia el fracaso. Está en tu mente, está en tu cuerpo, está en tus piernas, esas que darán el primer paso. Y los dioses gritarán, lloverán tempestades de copas rotas y tabernas vacías, incrédulos porque alguien algún día no se rindió.

Me tiemblan las piernas, me rompe el cansancio…

Soy un juego, velan por mí, estoy encima de la mesa y sus ojos están fijos en mí. Me siento pequeño. Silencio. Se miran, ¿qué hago?

Lo hago, ni siquiera lo intento. Me levanto y miro a los dioses cara a cara, me doy cuenta que arden, que en realidad son presos de sí mismos, que en realidad son seres atormentados por la nostalgia de una vida que no quisieron vivir. Entristezco.

Pero ya me da igual. Y voy hasta el final. Y camino. Y lucho. Y juego en las mil batallas que me ofrecen.

Porque solo así sé que tengo las riendas y que iré hacia donde solo yo quiera ir.

Hacia quién sabe dónde.

Respuestas

Dicen que cuando crees conocer todas las respuestas, el universo te cambia todas las preguntas.

Maldito universo.

Maldito y maravilloso universo.

Que me lía y me dispersa, que me ciega y me perturba, que me da la vida, todo a la vez.

Nunca he conocido todas las respuestas, ni siquiera he llegado a acercarme. Sin embargo, la bola va a un ritmo tan vertiginoso que me mareo, y ya solo me queda cerrar los ojos.

Cerrarlos y, tal vez, lanzarme al vacío.

Sin saber si alguien salta conmigo.

Sin saber de cuántos metros es la caída.

Sin saber si hay un colchón al final.

Sin saber lo que me depara el universo.

Vida o muerte. Suerte o desgracia. Luz u oscuridad.

Qué vida esta… Vida que juega con nosotros a un juego que parece no tener fin, vida que hace malabares y nos pone a prueba, obstáculos quizá imposibles de superar.

Nadie dijo que esto iba a ser fácil.

Pero a este juego solo ganan los valientes.

Solo los valientes miran cara a cara al universo y se atreven a contestar sus preguntas, a crear su propio camino, a recorrerlo, a lanzarse a vacíos inexplorados, a vacíos donde nadie sabe qué se puede encontrar.

Y me lanzo.

Y cierro los ojos.

No quiero mirar.

Quién sabe lo que me espera al final…

Me acerco al suelo, queda poco ya…

¿Muerte o libertad?

Esta vez creo conocer la respuesta.

Siempre

Entre esos miles de puntos que dan forma a la ciudad.

Entre esas miles de gotas que salpican de luz cada calle, cada rincón, insignificantes en la distancia.

Entre ellas, ahí estás tú.

Feliz. Te veo, aun sin verte. Sonríes por la vida, por lo bien que han ido las cosas, por la suerte que has tenido.

Olvidada ya de ti, de mí, de nosotros en plural. Olvidada de todo lo que conocimos.

Nunca nos olvidaremos, decíamos, pero ya no sabemos ni quienes somos, puntos de luz en la distancia, simple imaginación de si estás bien o si estás mal. Lo primero, seguro, lo sabes, lo sé.

Y me alejo, y me voy, y el día empieza, y los puntos de luz se difuminan en amaneceres cuya visita es inapropiada, nos rompen.

Volveré, esta noche, a la hora de siempre. Te aviso por si quieres estar. Feliz, como siempre, sin pensar en mí, aun pensando yo en ti.

Porque yo…

Yo siempre estaré ahí.

Puedo

Suspiro.

Cierro los ojos.

Suspiro.

Agacho la cabeza.

Y al volver la vista atrás…

Veo los flashes de recuerdos mejores, instantes enmarcados en gloria que barrieron todo lo que encontraron a su paso, que sacaron espada y escudo ante monstruos y gigantes, batallas que quedarán para la historia, esa en la que David gana a Goliat y se levanta sobre mil hombres que yacen malheridos, derrotados, caídos porque pensaron que podrían conseguir la victoria.

Nadie dijo que podría hacerlo.

En ese momento todos creyeron que moriría intentándolo.

Incluso yo mismo.

Pero no, caí, me levanté, vencí, luché contra todo lo que salió a mi paso y me impuse con mil cicatrices que quedarán como recuerdo de lo duros que a veces son los caminos, largos, sinuosos, oscuros, a veces sin salida, a veces solo abismos que solo acaban en precipicios.

Que se pueden saltar.

Minutos que parecen eternidades, meses que parecen infinitos y que hacen pasar el reloj lento, lento, lento… tan lento que la agonía se hace larga e incluso no acaba. Pero si…

Y sonrío. Y miro al vacío. Pensando en los cadáveres de mí mismo que dejo atrás, cadáveres de todos aquellos “yos” que no creyeron en mí. Mi mayor rival, mi mayor victoria.

Y ahora…

Una nueva batalla, un nuevo gigante que se levanta en esa montaña que se alza ante mí inmensa e impenetrable. Imposible creo, maldita sea, me repito. No puede ser…

No puede ser que vuelva a utilizar la palabra imposible.

Porque puedo, porque me esperan espada y escudo, se aferran a mis manos, rugen, gritan, y lo hago con ellos, y lanzo al cielo la más dura de mis condenas a todo aquello que me quiere apartar del camino, a todo aquel que me frustra mis objetivos, a todo lo que me ruge intentándome asustar.

Pero ya no… ya no…

Porque sé que puedo, sé que quiero, sé que tengo todo en mi mano para alcanzar hasta la cima más alta.

Seré quien yo quiera que sea.

Y nadie me conseguirá vencer, nadie conseguirá herirme tanto como para que deje de respirar, como para que no me levante y siga mi camino, aunque esté malherido, aunque llegue al final envuelto en locura, aunque al final ya ni siquiera sepa quien soy yo.

Pero sabré por qué llegué allí.

Y cantaré, y brindaré, y espantaré todos los males hasta apartarlos del pasado, y desaparecerán, y no habrán existido, y ya no serán más que nada. Y la nada ni siquiera duele. Porque la nada, nada es.

Suspiro.

Cierro los ojos.

Suspiro.

Agacho la cabeza.

Y al mirar hacia adelante, solo puedo pensar en la lista de sueños que aún me queda por cumplir.

Nieblas

¿No está la vida hecha de estúpidos?

¿Acaso no son ellos los que le dan sentido?

Personas que tropiezan una y mil veces con la misma piedra. Piedras con nombre y apellidos que se ríen al verles caer.

Al vernos caer.

Piedras que nos atraen a sus jaulas de hierro y cristal, de hierro invisible, de cristal infinito, que nos manejan con hilos imposibles de cortar, malditas…

¿No está la vida hecha de valientes?

Cementerios tatuados con nombres de quienes un día pensaron que merecía la pena luchar. Y tal vez cayeron derrotados, tal vez murieron aplastados por carcajadas de quien no tenia corazón, de ombligos demasiado grandes para este mundo, de mentes tan retorcidas que quizá, solo quizá, no se daban cuenta del crimen que estaban cometiendo.

O eso espero.

Creo, con toda mi alma.

Que la piedra fuese simplemente un ser inerte.

Que tras los hilos no hubiera nadie.

Que la jaula solo estuviera en mi cabeza.

Porque me resigno a pensar que jugaron con las cartas marcadas.

Y que solo fuésemos un mar de marionetas.

Tú, yo, bailando al son de ella, él… Pronombres a los que solo hay que ponerle nombre.

Creíamos que bailábamos siempre a nuestro ritmo. Pero no, no…

Estúpidos…

Quién sabe. Creo que nunca querré saberlo, si estuvimos libres o encarcelados, si fuimos lo que quisimos o lo que quisieron que fuésemos.

Si detrás de todo estaba ella, él.

Si detrás de todo había nadie.

Solo nieblas en mi cabeza.