Diario de Jess: en la acampada I

Después de haber pasado algunos meses en el instituto, llegaron cuatro días de vacaciones en las que nos podríamos tomar un respiro y nadie sabía que hacer, ninguno de nosotros había pensado qué hacer durante esos días y los chicos improvisaron una solución: ir a una casucha que mi primo Jordi tenía en el campo, tendrían que dormir en el suelo, hacer fuego en un barril de hierro y luz con unas linternas pero al fin y al cabo sería divertido.

La respuesta de mis padres al preguntarles si podía ir allí a quedarme a dormir fue la misma que obtuvo Sandra al preguntárselo a los suyos: “¡A dormir! ¡De ninguna manera, como máximo vais allí a pasar la tarde!” Así que Sandra y yo nos teníamos que conformar con ir a comer al mediodía, pasar allí la tarde y que al llegar la noche uno de nuestros padres viniera a por nosotras, mientras, Jordi, David y Sergio pasarían todo el día y la noche allí.

Llegamos aquella tarde con el padre de Sandra hasta una carretera cercana a nuestro destino, el pequeño camino por el que hubiéramos podido ir directamente estaba completamente embarrado así que no podíamos llegar por él, tuvieron que venir Sergio y David hasta donde nos había dejado el padre de Sandra y mostrarnos por donde podíamos ir hasta la casucha.

Por fin llegamos allí y nos pudimos sentar un poco dentro de la casucha, allí dentro me sentía un poco incómoda, no sabía cómo actuar con Sergio estando delante y me mantenía un poco apartada, callada, dejando que charlaran los otros.

Anocheció, y antes de que viniera de nuevo el padre de Sandra a recogernos, decidimos jugar una partida de cartas y fue en ese momento cuando pasaran cosas interesantes, os pongo en situación:

Una mesa cuadrada con cinco sillas, los tres chicos enfrente de nosotras y sin más dilación Sergio empieza a darme pataditas, a mirarme de forma descarada, no pasaban más de diez segundos sin que me mirara, parecía como si sólo estuviéramos él y yo, como si de un momento a otro se pudiera levantar de la silla agarrarme y besarme apasionadamente, se notaba tanto que había química entre nosotros dos que no sé como ni mis primos ni mi amiga se dieron cuenta ni dijeron algo.

La partida terminó cuando oímos el claxón del coche del padre de Sandra, era el momento de irnos, nos despedimos de los chicos y nos fuimos a casa.

Aquella noche creo que alguien se quedó con las ganas de decirme, de hacer algo, aquella noche creo que alguien se hubiese lanzado, aquella noche creo que Sergio me hubiera besado.

¿Será cercano el día en que sus labios y los míos se rocen?

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