Siempre vuelve

Silencio, palabras mudas, vacíos donde deberían haber palabras, una situación angustiante, que te aterra, que te persigue como algo invisible con la astucia de los zorros.

Y tú quieres llenar esos silencios, sacarle hasta el más frágil de los suspiros, deseas que te diga algo, solo algo, aunque sean unas palabras insípidas, sin sentido, aunque no tenga nada que decir, quieres que lo diga, quieres que te lo diga.

Pero continúan los silencios, la magia que un día os envolvió va desapareciendo, te ves incapaz de hacer que un simple “hola” vuele por el aire, sientes que estás solo, simplemente porque su dulce voz no acaricia tus oídos, y porque los silencios van acompañados de miradas en el suelo, de sonrisas frágiles que al final se rompen.

Y entonces pasa lo peor, esa vocecita sabia pero que querrías hacer callar, esa vocecita que te dice que todo acabó, que los silencios no aparecen por casualidad, que ya está todo perdido, que no quieras ver fuego donde las brasas hace tiempo que se apagaron. Y le haces caso. Olvidas sus silencios, olvidas todo lo que sentiste, olvidas que hubo un día en que hubieras dado la vida, olvidas que el amor se empeña en joderte la existencia y por fin llega la calma, el momento en que, olvidado todo, te dejas arrastrar por la vida, entras de nuevo en la bola que gira y gira. Y todo pasa, todo continúa…

Aunque no… quizá hayas olvidado que el amor se empeña en joderte la existencia pero el amor no se ha olvidado de ti, y es ese preciso instante en el que los silencios se vuelven a llenar de palabras, quizá vacías, quizá sin sentido pero que hacen que todo lo olvidado y lo olvidable vuelva a aparecer. Un simple “hola”, un simple “adiós”, y vuelve el recuerdo, el recuerdo de esa persona a la que hubieras besado toda la vida.

Y entonces la maldices por no querer que la olvides, porque sabes que la quieres y porque vuelves a pasar las noches pensando en si sus palabras estarán vacías o llenas de sentido.

Pero a la vez, miras al suelo, sonríes y le das las gracias, simplemente por existir, por acordarse de ti, y le das gracias al amor por hacer que vuelva, porque aunque queramos o no el pasado siempre vuelve, y cuando el pasado hace que miremos al suelo, nos ruboricemos y sonriamos es que algo pasa, simplemente pasa que el amor volvió.

Aunque quizá nunca se llegó a marchar.

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