Quisiera ser él

El mundo dejó de girar por un momento, el círculo de la vida paró durante unos segundos, en el preciso instante en que vi unos labios chocarse suavemente contra otros, los tuyos, los suyos, un segundo, dos, tres… y mi mundo que se desmorona, se viene abajo sin control, como el avión que se va a estrellar contra el suelo. Luego vinieron las sonrisas, justo en el mismo instante en que la primera lágrima rodaba lentamente por mi mejilla.

— ¿Qué te pasa? —dijo una voz a mi lado que me hizo volver a la realidad.

Rápidamente intenté borrar la lágrima de mi cara pero era demasiado tarde, mi amigo ya había mirado hacia donde yo había estado mirando y lo entendió todo, puso su mano en mi hombro y me hizo un pequeño masaje, el gesto que lo confirmaba todo, que no había sido producto de mi imaginación, el gesto que decía “lo siento, no se puede hacer nada, se quieren”.

De pronto comprendí que era cierto, que le quería, se notaba en su mirada, que no miraba a sus ojos sino más adentro, se notaba en su pulso, que estaba medio temblando por estar tan cerca de él, se notaba en su sonrisa, limpia, transparente, que denotaba que era feliz, que después de tantos traspiés era realmente feliz. Realmente se querían.

Y me entraron los celos, la rabia, la angustia, porque en mi ser no había otro deseo que querer ser él, quería sentir sus cálidas manos abrazándome, sus labios de seda besándome en un beso eterno, sus ojos entrando dulcemente en mi cabeza, quería sentir que esa sonrisa era por mí, que estaba feliz por mí, quería sentir la certeza de que esa noche en sus sueños no habría otra imagen que la mía.

Pero no, sus sueños y los míos no serían los mismos, en los míos simplemente volaríamos junto a las nubes hasta encontrar una lo suficientemente grande como para acostarnos y buscarnos las cosquillas, y en los suyos… a saber qué… solo ella y él, solo la realidad, no tenía por qué soñar las cosas ya que sus sueños estaban pasando en la vida real.

Y a pesar de que mi amigo aún seguía allí y de que ellos seguían allí, no pude evitar dejar caer otra lágrima, una lágrima que se llevaba con ella los sueños, los deseos, el futuro que un día pensé para nosotros dos y ahora se esfumaba, se iba, quizá para no volver.

Solo quedaba en el rincón más oscuro de mi mente el deseo de que volviera y volviera junto a mí, que un día sus sueños y los míos fueran los mismos, que un día fueran mis sueños los que pasaran en la vida real.

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