Llanto silenciado

Oigo que caen lágrimas a mí alrededor, un respirar entrecortado cansado de tanto aguantar las voces que gritan sin ningún sentido y siempre han vuelto a su cauce con normalidad. El llanto se acerca a mí lentamente y empieza a caer sobre mi hombro, empieza a pedirme a gritos que salgan palabras por mi boca que lo silencien, que lo hagan parar, que de mí salga esa energía que calme las aguas revueltas.

Otra vez.

Porque no es la primera vez que pasa, no es la primera vez que el llanto de alguien se acerca a mí para que yo haga lo de siempre: escuche, comprenda, silencie. Y lo he hecho tantas veces que para mí parece ya no tener sentido lo que digo, y es que sé que mis palabras van a caer en el olvido, que van a ser escuchadas pero no puestas en práctica, que valen más los diez minutos de reconquista que mis diez horas silenciando el llanto.

Luego viene el momento en que el llanto se convierte en sonrisa porque los corazones se vuelven a juntar. Es entonces cuando yo caigo en el olvido, cuando ya nadie parece acordarse de lo que he hecho, de lo que he intentado hacer. Es entonces cuando parecen volver mis imperfecciones y paso de ser alguien bueno porque escucha y silencia a ser un humano más, vuelvo a caer en el mismo trato que los demás, ante el mínimo fallo los gritos vuelven a asomar.

Y uno no puede hacer más que hartarse, la bondad no es infinita y el dar y no recibir al final pasa factura. No hago más que sentirme como un triste peluche que está ahí para que le abracemos cuando necesitamos llorar y al que arrojamos al suelo cuando estamos tan felices que le olvidamos. Y no solo para llorar, un peluche al que le sacan hasta la última esencia de su alma y lo dejan vacío, le sacan todo lo que se pueda aprovechar.

Lo peor de todo es que seguiré estando ahí, seguiré silenciando el llanto porque no puedo hacer otra cosa, no sé ser de otra manera, no sé escuchar el llanto y mirar a otra parte, no me sale de dentro.

Seré así hasta que me haga reventar, justo en el mismo instante en el que nadie escuchará, justo en el mismo instante en el que se deje de llorar de amor y se pase a llorar de soledad.

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