Nunca es demasiado tarde

Un sueño es algo que siempre camina al borde de un precipicio, algo inconsciente del riesgo que permanentemente está pasando, algo que se puede escurrir fácilmente de entre los dedos.

Víctor, filosofaba sobre cosas que no parecían tener importancia mientras un calor abrasador le impedía dormir. Miraba hacia la oscuridad esperando que alguien chasqueara los dedos para transportarle repentinamente a otro mundo. Pero nada… el sueño no aparecía y su cabeza daba cientos de vueltas. Quizá no era el calor, quizá es que no podía quitarse de la cabeza lo que había visto mientras andaba por la calle.

Paseaba tranquilamente cuando una voz ronca le sacó de sus pensamientos, provenía de alguna esquina, no sabía cuál, tuvo que agudizar bien el oído para darse cuenta de que un viejo vagabundo cantaba a plena voz. La canción era Something stupid y desde luego no le estaba haciendo un digno homenaje a Frank Sinatra. Víctor suponía que el alcohol, el tabaco y la vida callejera le habían roto por completo las cuerdas vocales. A medida que se acercaba a la escena notaba cómo un sentimiento le empezaba a crecer en el pecho. El vagabundo estaba llorando desconsoladamente, tenía los ojos completamente hundidos y se desequilibraba fácilmente a causa de la borrachera. La imagen era desgarradora, un adulto, alguien con todo un pasado por detrás de él, había pasado a convertirse en nadie, un borracho que cantaba por Sinatra mientras la gente pasaba por su lado como si no existiera. Víctor estaba paralizado contemplando la escena cuando el viejo paró de cantar y se sentó en la acera, sin dejar de llorar, tapándose la cara, quizá avergonzándose de sí mismo. Empezó a hablar, y fueron palabras que a Víctor le costaba olvidar:

– ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cómo me he convertido en esto? ¿En un apestoso vagabundo que no sabe hacer otra cosa que beber vino de cartón y fumar como un malparido? Jodido hijo de puta… yo valía, él lo sabía, todos lo sabíamos pero claro… aquel cabrón tenía más dinero que yo… Hijos de puta… yo tenía talento, hubiese llenado estadios de fútbol, ahora sería una estrella… ¡Jodidos cabrones!

El vagabundo lloró más que nunca, aunque a nadie parecía importarle. Víctor comprendió que había algo de cordura entre tanta locura, comprendió lo que estaba pasando, lo que le había sucedido a aquel pobre hombre. Era un cantante frustrado, quizá algún mánager le había llevado a la ruina, quizá alguien decidió que su sueño no merecía la pena, quizá…

Víctor se teletransportó de nuevo a su habitación. El silencio reinaba y la cama esperaba con impaciencia que se dejara llevar pero no podía. Empezó a pensar en la situación de ese vagabundo, ¿Tan grave era todo para haber llegado a ese punto? ¿Tanto ansiaba su sueño? Se puso a pensar en sus propios sueños   frustrados. Recordaba con nostalgia esa adolescencia en la que soñaba con llegar a ser un escritor de éxito, recordaba los viejos amores que no había logrado conquistar, el pequeño sueño de ganar algún partido con su equipo o el de estudiar periodismo, la carrera de su vida.

Los sueños son algo que se escurre fácilmente entre los dedos, algo en los que un simple paso puede hacerlo perder todo.

En aquel momento se sintió más frustrado que nunca. Las viejas ilusiones habían revivido con más fuerza que nunca y se daba cuenta de que no había cumplido ninguna. Rompió a llorar. ¿Qué demonios hacía en la vida? ¿Qué camino estaba siguiendo? ¿Tenía todo algún sentido? Se levantó, se sentó en la cama y miró a la oscuridad con tristeza. ¿Acaso estaba aprovechando la vida?

Recordó al vagabundo y pensó en que él nunca podría llegar a ese punto, aunque dudó en el por qué. ¿Qué más daba ser alguien más en la vida o un viejo vagabundo podrido en la miseria? Al fin y al cabo, parecía ser lo mismo.

Pero entonces recordó una vieja frase que un día le dijo su madre cuando era pequeño: “Nunca menosprecies los sueños pequeños porque son los que te darán fuerzas para seguir el día y día”.

Las madres pocas veces se equivocan.

Pensó en esos sueños y su gesto cambió instantáneamente, una sonrisa se puso en su boca y se maldijo por tener pensamientos tan estúpidos. Echó la vista atrás y se dio cuenta de que la vida era mágica en sí misma, porque se empeña en hacer cumplir los sueños, aunque no nos demos cuenta. Se acordó de tantas cosas, de tantos sueños que sin querer había deseado… conseguir la sonrisa de alguien, robar un beso, hacer que suene un te quiero cuando menos te lo esperas, estar con la gente con la que uno realmente quiere estar… escribir aunque fuera para una persona, meter algún gol importante, pasarlo bien en un día de tristeza, estudiar algo que le entusiasmaba…

Sueños pequeños, sueños que había soñado sin apenas darse cuenta.

Un sueño camina constantemente por el precipicio, vive en el constante miedo de que no se pueda cumplir pero eso no impide que el precipicio se acabe y el sueño se cumpla. Cualquier meta, cualquier objetivo se puede cumplir si sabemos con certeza cómo afrontarlo. Pedir un sueño no es tanto pedir y se nos concede si sabemos esforzarnos por conseguirlo.

La imagen del vagabundo volvió a la mente de Víctor. Sintió lástima por él. Y es que su sueño no había caído por el precipicio, simplemente, éste se había alargado más. Porque nadie le podía impedir cumplir su sueño, solo que… él mismo se suicidó.

Víctor suspiró. Aquello de filosofar a veces no le venía bien, por un momento se había derrumbado y se alegró de que todo hubiera vuelto a la normalidad. Una frase se le pasó por la cabeza… ¿Por qué no? Sonrío, abrió la luz, encendió el ordenador y se puso a escribir.

Y es que, nunca es demasiado tarde.

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