El tren

Míralo, ahí está, acaba de llegar. Llevas una eternidad sentado en un banco esperando, paciente, silencioso, tranquilo, esperando el momento, esperando el instante en que por fin apareciera. Y el día ha llegado, ha tardado pero ha llegado y tú no podrías ser más feliz.

Empiezas a sudar, estás nervioso, llevas mucho esperando, estabas tranquilo pero de repente tu corazón ha empezado a acelerarse, miras a derecha y a izquierda, quizá esperando a que alguien te haga levantar y te lleve adentro. No hay nadie en la estación, estás tú solo, tú y el tren. Y éste parece que te reta, parece que desde las entrañas de hierros y tornillos surge una voz que te dice que no tienes valor, que lo perdiste, que te vas a marchar por el mismo lugar por el que viniste, que vas a huir corriendo.

Tus dedos no paran de moverse, recorres tu cuerpo con ellos, como si así pudieses solucionar el problema, como si en tu cuerpo hubiese una tecla que te diese la respuesta. No, esto no es un concurso o un juego de mesa, aquí no hay respuestas a preguntas, aquí solo jugáis tú y tu destino, el ganador y el perdedor en una misma persona, tú mismo, solo tú decides qué ser.

Te levantas y empiezas a andar, mientras, desde el tren, surge el pitido que indica que le queda poco para marcharse. Tú lo miras, es hermoso, y aunque solo sea un trozo de metal, sientes que él también te está observando a ti. Caminas de un lado hacia otro con las manos en los bolsillos, ocultando el sudor. No sabes qué hacer, ésta es tu oportunidad y te entran las dudas, ¿subir o no? ¿emprender el viaje y aventurarse entre las incógnitas que te depara el futuro? ¿o quedarse en la estación y estar seguro de que todo va a ir bien, en la comodidad de lo conocido?

Demasiadas incógnitas para un solo hombre, ¿no? Te queda poco tiempo y tú empiezas a andar más rápido, te tiembla todo, te tiembla hasta el alma. Miras al suelo, al cielo, al vacío, intentando encontrar una respuesta que solo está en tu cabeza. Es fácil, subir o no, no tiene vuelta de hoja.

Suena otro pitido y el tren empieza a moverse, lento, muy lento, se va, se va… Sientes que has perdido la oportunidad, que ese tren nunca vuelve a esa estación, que quizá lo mejor de tu vida estaba en el lugar de destino de ese tren y que tú nunca tendrás la ocasión de vivirlo.

Miras al suelo, cabizbajo, pensando en la oportunidad perdida por haberlo pensado demasiado, maldices los nervios, las dudas, maldices la ocasión que has dejado marchar, que se ha ido en ese tren.

Aunque… vuelves a mirar hacia arriba, hacia el tren, aún está cerca, quizá si corres un poco lo alcanzas, simplemente tienes que decidirte ya, simplemente tienes que ser valiente, hacer un último esfuerzo y saltar al último vagón. Aún puedes buscar tu destino pero… es ahora o nunca, pues se va, se va…

Empiezas a correr….

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