Bajo el cielo de Nueva York

El móvil no para de sonar, otra vez. Lleva haciéndolo toda la mañana, sin cesar y le cansa. Está tan furioso que lo tira al suelo. Grita, se pone las manos en la cabeza, desesperado. El cliente quiere cerrar ya el trato pero no puede ser, no están todas las cartas encima de la mesa…

Eric fija sus ojos sobre el armario que hay en la pared opuesta a él, concretamente en la pequeña botella de Dalmore que hay encima de uno de los estantes. Va directo hacia él, lo coge y lo vierte sobre un pequeño vaso de cristal, no le importa lo que cuesta, cuanto más mejor.

Sale al balcón para desgustar mejor el whisky, Nueva York lo contempla con su fría mirada, los rascacielos lo miran con cierta envidia. Su traje está hecho a medida y cada pelo de su cabello parece saber perfectamente hacia donde ir. Eric les devuelve la mirada con sus ojos oscuros bañados en un punto de miel, los mira sabiendo que lo tiene todo, que él lo es todo.

Vuelve a entrar y deja el vaso ya vacío sobre su mesa. Necesita algo urgente, lo necesita ya. No espera un segundo, sale fuera del despacho y coge el ascensor. Los 72 pisos que le separan del suelo se le hacen eternos, más cuando se te acaba de ocurrir una idea tan brillante. Por fin llega, las puertas del ascensor se abren y él sale. A pesar de tener prisa, de estar acelerado, su rostro es sereno, y camina con la seguridad de quien se siente bien consigo mismo.

En ese instante ella entra por la puerta principal, lleva un maletín de color oscuro y sus tacones la hacen diez centímetros más alta de lo normal. Su pelo parece terminar allí donde está lo prohibido. Eric siente algo por dentro, desearía oler ese pelo y ver dónde acaba. Se acercan lentamente, sin darse cuenta, como si una fuerza los atrajera. Se cruzan y apenas se rozan con los dedos. A pesar de ser un instante efímero, Eric la siente,y quiere más. Se olvida de aquello que urgía tanto y se dirige donde va ella, al ascensor. Ella entra y las puertas empiezan a cerrarse lentamente, Eric entra en el último momento y ella se gira, se miran, nunca dos miradas se han dicho tanto, parecen comerse, hay curiosidad, y al mismo tiempo deseo, deseo de que aquel ascensor suba hasta el cielo y puedan pasarse mil horas los dos juntos.

Eric pulsa el número de piso de su despacho. Están los dos solos y tienen 72 pisos por delante. Se atraen, los dos lo saben y no quieren esperar. Se miran más que antes, se atraviesan y se analizan, se acercan, el beso es instantáneo, profundo, húmedo, sus lenguas dan mil vueltas dentro de sus bocas y parecen querer averiguar dónde están los límites de cada uno. Eric la atrae más hacia si y sus cuerpos chocan, se rozan y se erizan, la empuja hacia la pared del espejo y la besa con más ansia, como si aquel ascensor se estuviese cayendo y aquel fuese su último beso. Luego baja a su cuello y apenas la roza con los labios, simplemente deja una tenue brisa. Sus ojos se posan en su pelo, su deseo era olerlo, lo hace, huele a vainilla, le gusta, le encanta, podría comérselo si no fuese porque vuelve a comerse sus labios con pequeños mordiscos.

Los dos se excitan cada vez más. Ella se monta en Eric por la cintura, él la sostiene por detrás y ella posa sus pechos a la altura de su cara. Se miran, uno hacia arriba, otro hacia abajo, Eric decide dejar sus pechos para más tarde y le quita dos botones de la camisa para recorrer su ombligo.

La puerta del ascensor se abre, maldito aparato, ha ido más rápido de lo esperado. A Eric no le importa, lo aprovecha, sabe que en su despacho tiene todos los ingredientes para sentirla. Entran exaltados y Eric la lanza al largo sofá negro que hay enfrente de la estantería. Se sitúan uno encima del otro y él alarga su mano derecha para alcanzar el equipo de música, no hay nada mejor que combinar sexo con música.

Eric empieza a recorrer su piel con sus dedos, la quiere oír gemir de placer solo con rozarla, lo consigue, y él se excita más, se dan otro beso, con fuerza, sus labios parecen no querer despegarse. Eric se quita la chaqueta del traje y acto seguido la corbata, está sudando, tiene calor y no le importa si ella tiene o no, pues le desabrocha todos los botones de la camisa y deja la parte interior de su cuerpo al descubierto. Recorre la piel que ha quedado desnuda con sus labios y frena al llegar a los pechos, parece que Eric siente más calor porque se quita la camisa y deja al aire su robusto pecho curtido en horas de gimnasio. A ella parece excitarle del todo, pues lo toca con las manos y se lanza hacia él con firmeza, lo roza con su lengua y Eric siente que necesita seguir, que aquello no es suficiente. La ayuda a quitarse su camisa, y sin parar un instante le quita el sujetador, dejando al descubierto sus pechos redondos, pequeños, duros. Eric no puede esperar y se lanza hacia ellos con ansia y delicadeza a la vez, le encantan, huele el olor a vainilla que los envuelve y siente que podría dormir allí sobre ellos, que le encantaría.

Ella necesita más, lo siente y Eric lo sabe, frena en seco su recorrido por sus pechos y mientras se lanza de nuevo a sus labios para recorrerlos, esta vez, de forma más suave, se empieza a desabrochar el cinturón con delicadeza, despacio, luego para de besarla y deja que sea ella la que le quite los pantalones, lo hace lentamente, lentamente… dejando al descubierto sus slips Calvin Klein de color blanco, albultados por lo que se esconde debajo. Ella empieza a quitarle también los slips y Eric le coge la mano como diciéndole que pare, que aún no quiere mostrarse. Aún con la mano cogida, Eric se la lleva a su barriga, donde no hay apenas grasa y poco a poco baja hasta llegar al miembro, le hace meter la mano por dentro del slip y masajea suavemente, unos segundos, no hace falta más.

Eric se pone encima de ella y empieza a recorrer sus piernas con los dedos para, más tarde, quitarle los pantalones con violencia, quiere ver su cuerpo, ver que esconde, llenarse de ella. Sus braguitas negras son su nuevo objetivo. Le parecen elegantes, sexys, le encantan. Acerca sus labios hacia ellos y da pequeños besos, simplemente para que ella se excite un poco más, lo consigue. Luego sube por su ombligo y, mientras, empieza a rozar su sexo aún con las braguitas puestas. El roce de la tela con su sexo hace que ella gima de placer, y a Eric le encanta, su miembro se pone aún más erecto, y siente que no puede esperar más.

La atrae hacia si y se la sube a la cintura, justo en la misma posición en la que han entrado en el despacho. Sus lenguas se vuelven a confundir, se besan con pasión, arden. Eric quiere que los edificios de todo Nueva York vuelvan a sentir envidia así que no se le ocurre nada más sexy que hacerlo en el balcón mientras miran la Gran manzana. Salen y parecen calentar el aire que hay en el exterior. Eric la deja en el suelo y, ahora si, deja que ella le quite el slip, dejando al descubierto su miembro erecto, durante unos segundos ella baja y lo recorre con sus labios pero Eric no se conforma con eso, quiere más. Con un gesto la hace subir y la empuja en dirección a la baranda, con los ojos en dirección al horizonte. Él se pone detrás y, mientras la abraza, le recorre el cuello y la oreja con la lengua, le da pequeños mordiscos, pequeños besos que la enloquecen. Segundos después, Eric posa sus manos en su braguitas y las baja suave, lentamente, hasta que finalmente caen del todo y dejan al aire su culo, redondo, perfecto.

Eric, roza su miembro contra su culo y es entonces cuando Nueva York contempla la primera embestida. Eric lo hace suave pero a la vez fuerte, para que lo note desde el principio, ella gime entremezclando dolor y placer, él sabe que lo segundo prima sobre lo primero y embiste otra vez, esta vez más fuerte, esta vez más bruto. Repite el movimiento varias veces más y mientras él suspira sobre su oreja, ella gime tan fuerte que espanta a los pájaros. Llegan al límite y los dos caen rendidos sobre la barandilla. Están exhaustos pero ha merecido la pena, dentro de sus cuerpos se mueven las hormonas a un ritmo incesante y no tardarán más de diez minutos en volver a empezar.

– ¿Cerramos el trato, entonces? -dice ella.

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