Recuerdos de una vida

Dicen que el pasado es un instante de tiempo que solo existe porque se queda grabado en nuestro recuerdo, que si nadie recordase el pasado, no existiría, no hubiese existido, que las vivencias y momentos vividos solo serían un fantasma que nadie ve. 

David no recordaba dónde había leído ese párrafo. Sentado en su mecedora, mirando a una Luna que ya pocas veces le hacía caso, intentaba con todas sus fuerzas acordarse de cada uno de los momentos en que había sido feliz. Todos, o casi todos al menos, estaban asociados a ella.

Recordó, por un instante, aquella noche en un cine de verano. Por un puñado de monedas, ahora sin valor, veías dos películas y te invitaban a cenar. Para él, la película era ella y cada movimiento de su cuerpo una bella escena inolvidable. Unos labios que se tuercen formando una sonrisa, un desliz de sus dedos nerviosos o incluso un suspiro inesperado. Ella miraba la película y él la miraba a ella, hasta que por fin los dos se miraban y la búsqueda de secretos se hacía inevitable…

Se acordó también de ellos dos tumbados sobre el césped. Intentaban adivinar las formas de las nubes, y cada forma en la que coincidían se regalaban un beso. Se pasaban la tarde besándose, al final daban igual las nubes, y es que ellos mismos eran dos nubes que se fundían y formaban una sola, e intentar adivinar su forma sería imposible o, por lo menos, indescriptible.

Le vino a la mente aquella tarde en la que perdieron el autobús y tuvieron que llegar andando hasta casa. Llovía a mares.  David le dejó su chaqueta y aún así los dos acabaron empapados. Llegó un momento en que se dieron cuenta de que hicieran lo que hicieran, nada iba a impedir que se mojaran. Entonces se pararon y sintieron la lluvia, miraron hacia arriba con la boca abierta y bebieron de ella, luego se miraron a los ojos y bebieron de la otra persona. La lluvia se confundió con la saliva y los dos pensaron que nunca un beso había sabido tan bien. Se pasaron una semana enfermos cada uno.

………

Entonces una espesa niebla y las lágrimas que empiezan a rodar por el rostro de David. Puede ver cómo las imágenes se van, cómo los recuerdos se esfuman, cómo, segundo a segundo, una vida entera, la felicidad, se va y se esfuerza en no volver. David miró cabizbajo un vacío que no le daba explicaciones sobre por qué le tiene que pasar eso a un ser humano, por qué se tiene que borrar así una vida sin que uno decida si quiere hacerlo o no.

– ¿Quieres un té, David?

David miró hacia arriba, era una mujer bastante mayor, diría que de su edad. Lo cierto es que a pesar de los años la veía preciosa y su rostro le sonaba de algo… quizás un cine, quizás una nube, quizá una gota de lluvia…

-Perdone, ¿nos conocemos usted y yo de algo?

Los dos se miraron a los ojos. Por las mejillas de ella rodaron dos lágrimas. Por el rostro de él rodó la creencia de que había algo que le unía a esa mujer, algo más fuerte que él mismo y que cualquier recuerdo olvidado.

Teresa volvió la cocina, lugar en el que se derrumbó del todo. Tirada en el suelo, las lágrimas no eran suficiente colchón para el dolor que sentía.

David, mientras tanto, volvió a mirar a la Luna en busca de respuestas. Esta vez las encontró. Cogió su diario rápidamente, un boli con tinta fresca y se puso a escribir…

Llega un momento en la vida de todo ser humano en el que tan solo nos quedan los recuerdos de una vida que se acaba, un momento en el que solo estamos hechos de recuerdos porque es muy difícil crear alguno más. De lo que vivamos ahora, de las personas con las que compartamos la vida, estaremos hechos en un futuro. 

Intenta recordar, intenta no olvidar, pues cuánto más tarden esos recuerdos en borrarse, más tardará tu vida en esfumarse. Una vez se vayan, te irás tú con ellos… 

David cerró el diario y miró la Luna de nuevo. Se acordó en ese momento de un párrafo que había leído no sabía dónde:

Llega un momento en la vida de todo ser humano en el que tan solo nos quedan los recuerdos de una vida…

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