Cielos pintados de rojo

Las notas de un viejo piano resonaban en aquella habitación y hacían el momento un poco más trágico aún…

La primera bola de fuego había caído en el jardín sobre las cinco de la tarde, cuando el Sol ya se apagaba y la última noche iba a empezar. Luego habían caído dos más: una sobre la caseta del perro y la otra había entrado por la ventana de la cocina. De momento eran pequeñas, no más que el tamaño de un balón de fútbol, aunque… quizá lo peor estaba por venir…

Carlota había entrado en la estancia casi de puntillas, sin hacer ruido. Observó a su marido, que acariciaba suavemente las teclas para que fluyera la melodía, y el nudo le subió hasta la garganta. Se dirigió hacia la ventana y miró hacia el cielo. Era rojo. Rojo pasión, rojo furia, rojo infierno. Parecía que el cielo estaba en llamas, y era cierto, el cielo estaba ardiendo.

Maldito Dios y sus venganzas…

Carlota se sentó debajo de la ventana, mirando el mismo cielo que pronto estaría en el suelo, observando cómo su futuro se desmoronaba por instantes, aquellas esperanzas, aquellos sueños, aquella vida que un día prometió cumplir y que no llegaría a conseguir.

Los sueños salieron de su cabeza en forma de lágrimas…

La música cesó… Jorge había dejado de tocar. Aquello había dejado de calmarlo, ahora tenía una preocupación más grande. La cosa más bonita de su mundo estaba llorando, y le dolía. Lo más grande que tenía en la vida estaba triste, y lo sentía.

Jorge se levantó, se acercó hasta ella, se sentó, la colocó entre sus brazos y la observó, contempló dos ojos verdes que una vez le dieron vergüenza mirar, vio unos labios que le hacían viajar. La sintió y supo perfectamente qué le iba a decir ella…

-Vamos a morir…

-Quizá… Pero una vez aprendí que no llegas a morir nunca si lo haces con la persona que quieres. Y es que la energía que desprendemos es tan fuerte que ni el maldito universo, el destino o lo que quiera que haya ahí arriba tiene fuerzas para destruirnos.

Carlota hundió su cabeza en su pecho y gritó en silencio, pues a veces es mejor así.

-Siento que… he perdido el tiempo. Tenemos treinta años. Tenía tantos planes por hacer, tantos sueños por cumplir…

-Has perdido el tiempo… Mira… quizá, solo quizá, sea esta la última vez que te diga te quiero. Da igual, te quiero. Quizá, solo quizá, sea esta la última vez que te diga que eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Me importa un bledo, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Quizá, solo quizá, sea esta la última vez que te diga que hubiera matado por pasar mis últimos minutos de vida contigo. No me importa, hubiera matado por pasar mis últimos minutos de vida contigo.

-….

– ¿Ves? No ha pasado nada. Te lo puedo decir otra vez. Te quiero, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, hubiera matado por pasar mis últimos minutos de vida contigo.

-Pero pienso que…

-A veces, lo que piensa uno de uno mismo importa una mierda, porque no tiene razón. A veces uno mismo piensa que es estúpido pero no reconoce de si mismo una capacidad desconocida. A veces uno mismo piensa que no es nada, nadie, pero todos sabemos que lo es todo. A veces uno mismo piensa que no tiene nada que ofrecer, cuando en realidad lo único que hace es dar. Hay veces que nos conocemos tan poco a nosotros mismos que pensamos que el de al lado siempre tiene que ser mejor, y casi nunca es así…

Los dos se miraron, como se mira alguien que se acaba de conocer y se enamora al instante. Y se besaron como se besa uno las primeras veces, con amor, con dulzura, con timidez y ganas de comerse el mundo a la vez. Jorge siguió hablando…

-Lo que te pasa es que no ves más allá… Mira el cielo… Donde tú ves bolas de fuego, yo veo un cielo que nunca volveremos a ver jamás, un rojo así de bonito, somos privilegiados al estar viviendo esto. Recuerda que tú estás aquí y durante al viaje has hecho cosas de las que ni siquiera tienes constancia, que has ido plantando unas semillas que empezarán a brotar a pesar de la lava que pueda haber por encima de la tierra, recuerda que un gesto, por pequeño que sea, puede ser muy grande. Así que… ¿Quién habla de perder el tiempo?

Carlota no supo si besarlo o abrazarlo. No hizo ninguna de las dos cosas, simplemente lloró con él, pues éste había empezado a llorar al creerse el discurso que estaba soltando… Los dos se daban cuenta a medida que él hablaba, de que todo era cierto.

Así que se quedaron los dos así, abrazados, recostados el uno sobre el otro, llorando lágrimas suaves que acababan en las lágrimas del otro. Juntas, parecían sonar a marea que viene y va, a mar tranquilo, a mar que lleva almas a lugares bellos.

Aquella bola de fuego no tuvo piedad, dio justo en el centro de la casa. Los hizo cenizas al instante. Antes de eso se había escuchado silencio, y segundos después un “Te quiero, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, hubiera matado por pasar mis últimos minutos de vida contigo”…

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