Tesoros imposibles

¿Qué ocurre cuando intentas mirar a lo lejos y no ves nada? ¿Cuando intentas caminar y sientes que algo siempre te lo impide? ¿Cuando notas que todas las miradas se fijan en ti esperando algo que no estás dispuesto a dar?

Sentir frío, que todo a tu alrededor se congele y pensar que ha llegado el momento de apoyar la cabeza contra la pared, dormir un par de segundos en silencio, que nada te moleste. Darse cuenta de que necesitas tiempo, espacio…

Un instante, o dos, o tres, o quizá hasta cinco, abrir los ojos y escuchar decenas de voces que se agolpan contra ti pidiéndote cada una un motivo por el que no levantar cabeza, querer que se callen, meter la cabeza entre tus rodillas y escucharlas aún en el viento. No te dejan en paz, nunca lo hacen… y a veces lo único que se necesita es un poco de silencio, a veces lo único que se necesita es que no haya nadie.

Se abren caminos que desean ser recorridos, te atraen con carteles luminosos esperando que elijas uno. Aunque nunca te dan a elegir, los dedos invisibles te empujan a cruzar por el que no quieres, a veces no queda más remedio y lo haces entre lágrimas, deseando que ese instante de tiempo no se alargue más de lo que lo está haciendo. El tiempo, en su cruzada contra nosotros, se expande cuando lloramos y contrae cuando reímos. Mientras, los dedos invisibles se cruzan, deseando que nunca miremos hacia atrás…

Siempre buscando algo que no encontramos, y si por el destino, por suerte o por desgracia, lo encontramos, las voces arden por arrebatárnoslo, siempre hay mil maneras de hacerlo y aunque tiremos con todas nuestras fuerzas acabaremos perdiendo, y aunque ellos tampoco ganan, nuestra pérdida es su victoria.

Solo quiero desaparecer, y tú, que lees esto, probablemente también lo has deseado alguna vez. Nunca es demasiado tarde, es tan simple como cogernos de la mano y pedirle a la madre Tierra que nos trague hacia lugares y mundos diferentes, nunca habitados, lugares en los que poder pensar qué estamos haciendo, mundos en los que poder decidir de una vez por todas, por uno mismo, qué coño queremos hacer con nuestra vida.

Dejarse llevar y pensar que al abrir los ojos todo será mejor, quitarse la sal que un día nos echaron a las heridas y buscar tesoros imposibles allí donde nadie ha buscado.

Quizá solo sea allí donde nos encontremos a nosotros mismos.

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