Mil lunares

¿Te cuento un secreto?

Pero shhh… no se lo cuentes a nadie, que quede entre tú y yo, no puede enterarse nadie.

He perdido la cuenta de las veces que he contado los lunares de su espalda.

Sí, ese es el secreto. Sé que un día prometí que iba a llegar hasta el infinito y tal vez más allá pero he fracasado, me es imposible. Porque a cada lunar le doy un beso y cierro los ojos, pierdo la noción del tiempo y cuando despierto parece que han pasado mil años, aunque solo haya pasado un segundo.

Es imposible contarlos porque, de repente, ella gira su cabeza y me encuentro con sus labios y, claro, tengo que besarlos. Me atraen como mil imanes hechos de caramelo, quedo atrapado entre ellos y juntos, ella y yo, volamos hasta donde nos perdemos y solo nosotros sabemos encontrarnos, entre pieles y caricias, bajo las sábanas, esa fortaleza inexpugnable en la que ningún monstruo ha osado entrar jamás.

Ojalá llegue el día en que ya no queden números ni lunares en su espalda. Ella me prometió que, si lo conseguía, me llevaría a la Luna, pero no esa que todos conocemos sino la que se refleja sobre el mar. Dicen que, si consigues posarte sobre ella, serás feliz eternamente. Aunque, en realidad, no me emociona el premio, y es que yo solo necesito tenerla a mi lado y mirar su sonrisa, solo necesito eso para ser feliz. “Con qué poco te conformas”, me diréis. Eso os pasa porque ninguno de vosotros ha visto jamás su sonrisa.

Fue ayer cuando perdí la cuenta, lo recuerdo bien. Le estaba dando un beso en la espalda, y, de repente, se giró y me cerró los párpados con la yema de sus dedos.

-No los abras -me dijo.

Fue entonces cuando me puso medio osito de gominola en los dientes y de pronto sentí su aliento contra el mío. Ella respiraba agitada y mi corazón se escuchaba a kilómetros de distancia. Entonces rozamos nuestros labios y de un mordisco me arrancó medio osito de los dientes. Tragué sin pensar y, aún con los ojos cerrados, busqué sus labios en la penumbra. Los encontré y supe entonces que era lo más dulce que había probado.

Supe entonces que jamás lograría cumplir mi promesa.

Pero bueno. Supongo que lo seguiré intentando. Porque lo mejor de contar sus lunares es respirar su aliento y hacerle cosquillas mientras tanto, escuchar su risa y que se gire, mirar sus ojos y perderme en ellos, olvidarme del mundo…

¡Pero eh! Por favor no se lo cuentes a nadie, que sea un secreto…

Porque lo importante no es el final y contar todos sus lunares.

Lo importante es el camino y perderme en el salvavidas que encontré en ellos.

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