Sangre

Estamos hechos de cicatrices. Heridas de guerra que marcan nuestro cuerpo aun sin dejar rastro visible.

No se ven pero se sienten.

Son como fantasmas, escuchas sus cadenas arrastrándose, lamentándose, y a pesar de que miras a todas partes, no sabes si acechan o escapan, si ganan o pierden.

Rotos. Por dentro, hechos de pedazos que alguien desmontó o dejó de construir, alcanzados por balas que ni siquiera vimos venir, por flechas tan rápidas que eran inesquivables.

O sí. O tal vez no… Ya no sé si todo es evitable, si las huellas que dejamos al caminar se pueden borrar, incluso no dejarlas marcadas.

Porque lo que es imposible es dejar de caminar.

Y sufrir las asperezas del tiempo.

Que pasa por nosotros endiablado, maldito, no nos deja apenas respirar, tomar aliento.

Y las marcas, que duelen como si hubiesen sido hechas con fuego al rojo vivo.

Con una vida que dejamos atrás, perdida, sin saber cuándo ni dónde.

Estamos hechos de cicatrices.

De piel arrancada a tiras por monstruos que, aun sin querer, nos la arrancaron jugando con nosotros, tal vez salvándonos la vida.

Pero arrebatándonosla, todo a la vez.

E intento levantarme.

Y me duele.

Y desfallezco.

Y caigo.

Demasiado en tan poco tiempo. Demasiado olvidable, demasiados moratones, demasiadas guerras en las que portaba armas que no sabía utilizar.

Y el disparo, que me hace volver al suelo cuando ya me había levantado.

Cuando ya me quedaba poca sangre por perder

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