Sentir

Sentir.

Descubrirse a uno mismo sin ningún miedo a hacerlo. Entender que a veces no nos entendemos pero sentimos, dejar volar el propio cuerpo sin juzgarlo, sin prohibir, sin obligaciones, sin decir no.

No llores.

No tengas miedo.

No estés triste.

No estés mal.

No te preocupes.

Déjalo libre. En esta sociedad de la soma y la eterna felicidad, obligarse a uno mismo a ser feliz es enjaular el pájaro que solo quiere vivir, atraparlo entre las manos y asfixiarlo, impedirle respirar. Y la jaula se hace más pequeña, nos atrapa, sus barrotes cruzan nuestro cuerpo y dejan marca, una que tarda en borrarse y queda en el corazón, más que en la piel.

No somos blanco ni negro, sino un gris de todos los colores, a veces tan oscuro que nos asusta, a veces tan claro que ciega. Ni uno ni otro nos permiten ver, ni uno ni otro nos ayudan a pisar el suelo.

Es necesaria la oscuridad, tanto como la calma, permitirnos exhalar el aire que acumulamos, ya sea a lágrima o silencio, me da igual grito que rabia. No podemos cogerla con los dedos, no podemos hacerla desaparecer por deseo propio, no podemos aparentar que no está porque justo eso es lo que quiere: alimentarse de nuestra ignorancia y del no saber adiestrarla, de no saber lanzarla.

Respira.

Este texto no va a decirte que seas feliz porque, de momento, no aprece tener el poder de algunas tazas de desayuno o mensajes milagrosos en las redes. Porque eso seria darte una droga que solo durará unos minutos.

Porque la felicidad, estimado lector, no consiste en ser feliz todo el tiempo sino en abrazar las emociones que piden a gritos salir, dejarlas libres, saber domarlas y llevarlas, ser consciente de que la oscuridad forma parte de nosotros.

Ser consciente de que cerrarle las puertas convertiria nuestro corazón en su hogar.

 

Quién

Despierto.

Una neblina cruza mi mente, está oscura, perdida, quizá en algún sueño que ya no recuerda.

Aun sin abrir los ojos, creo ver sombras que se deslizan alrededor de mi cama,

aun sin ver, siento que hay alguien cerca de mí, que me mira, que me observa,

aun estando medio dormido, o medio despierto, sé que todo es real.

Y me intento mover.

Y no puedo.

Estoy atado de pies y manos,

cada uno de mis músculos está paralizado, quizá por miedo, o quizá por algo externo,

noto una fuerza que me mantiene contra la cama e impide siquiera que tiemble de terror.

E intento gritar.

Y no puedo.

Mis cuerdas vocales se quedan mudas e impotentes ante lo que está pasando,

necesito que alguien me ayude, que alguien venga a rescatarme de esta pesadilla que está durando demasiado,

pero no,

me falta el aire y los gritos son silencios,

me siento solo ante lo que está por venir,

nadie va a venir,

nadie va a venir.

Quiero abrir los ojos.

Y no puedo.

Y no sé si quiero.

Me pesan los párpados como mil demonios,

como si temieran ver mil fantasmas,

lo temo, si.

Temo abrirlos y que haya alguien a mi lado,

que la sombra deje de ser sombra y se convierta en figura,

en alguien de mi pasado,

o mi presente,

alguien que no exista.

Los abro, creo, aunque no estoy seguro.

Y sé que hay alguien, sin haberlo,

sé que alguien me observa, sin verlo,

sé que alguien me acompaña, estando la habitación vacía…

Y me duermo, y todo pasa pero todo queda.

Y no sé si ha sido real o fantasía,

ni quién había ni quien no.

Ni siquiera sé si soy yo.

Gritar

Te seguiré hasta la oscuridad.

Bajaré a los infiernos para acompañarte en esas noches de frío en las que ya no queda nada.

Solo tú y tus lágrimas, esas que derriten horizontes y desiertos, esas que empañan amaneceres hasta convertirlos en tristezas propias de diciembre.

Te daré la mano para que cojas todo el brazo.

Por si acaso echas en falta a alguien a tu lado.

Perseguiremos los ríos de lava hasta encontrar una salida, los dos juntos, siempre, no concibo otra manera de contar los segundos.

Mirarte a los ojos.

Y leer en ellos todo lo que no te atreves a contarme.

Desgarrarnos las ropas mientras nos caen mil litros de una lluvia ácida que nos destroza las gargantas.

Y gritar.

Siempre gritar.

Como gritan los gigantes que pierden a su presa.

Como grita una madre cuyo hijo es asesinado

Como grito yo al verte triste.

Porque lo odio. Bueno, en realidad me odio a mi mismo por no saber calmarte. Secar tus lágrimas con mi dedo índice y que apoyes tu cabeza en mi pecho.

Ya no sé.

Ni qué hacer ni qué decir.

Quizás… Tal vez…

Besarte.

Y que me sepas dulce a pesar de tus lágrimas de sal.

Porque después de eso quizá sonrías, puede que consigamos ver atardeceres.

Esos que llevan nuestro nombre escrito en las nubes, esos que se llevan todos los problemas del día y te hacen pensar que el mañana será mejor.

Puede, siempre puede que sea así.
Volver allí donde nos perdimos y ponernos a bailar sin pensar en otras cosas.

Allí donde nos perdimos o allí en la oscuridad, allí abajo, en los infiernos

Allí donde gritaremos sin miedo a lo que puedan decir de nosotros.

Allí donde te seguiré hasta perderme.

Allí donde te escucharé hasta encontrarte.

Miedo

Un segundo, dos, tres, silencio. La distancia se hace cada vez más grande y ya no hay vuelta atrás, el vacío nos envuelve y mil demonios se meten en mi cabeza gritándome ¿por qué? No puedo contestar, no me quedan fuerzas, las he utilizado todas rompiendo todo lo que hay en mi alrededor, gritando a los cuatro vientos hasta quedarme sin voz, soltando toda la rabia acumulada. No me quedan fuerzas, ni siquiera para que esa lágrima que quiere salir a toda costa lo haga.

Un paso para salir del desierto, un maldito paso para dejar el pasado atrás, los amores perdidos, un puñetero paso para que el tiempo se parase y solo hubiera un beso y la vida por delante. Grito de nuevo, ¡No! ¡Joder! ¡Por qué! Los demonios bailan en mi cabeza burlándose de mí, de que soy incapaz de cumplir hasta los deseos cumplidos.

Miro al vacío y los recuerdos vuelven a mí, intento que se vayan pero no soy capaz de conseguirlo, el mundo gira demasiado rápido y no puedo alcanzarlo, me siento débil, perdido, deseoso de que todo acabe ya de una puñetera vez, que las imágenes que tengo en mi cabeza puedan llegar hasta los cinco sentidos o que se marchen de ahí, pero por favor, que no se queden a medias.

¡Por qué! ¡Joder! ¡Por qué! Quizá solo sea cuestión de miedo…

Miedo de querer, miedo de atravesar la maldita línea que separa el desierto y el oasis, miedo, tanto miedo… Y es que demasiadas voces decían que una vez llegara a ese punto era peligroso cruzarlo, que sería una locura, que ni siquiera lo intentara, que iba a ser el desastre más grande de la historia.

Miedo de que tengan miedo, de tener que olvidar, de caer en el olvido, de que vengan más demonios recordándome el vacío, recordándome que no hay nadie, de que las voces tengan razón.

Miedo, y otras veces no. Otras veces me viene a la cabeza que quién son las voces para decirme lo que tengo que hacer, nadie, nadie, solo voces que quizá no tengan idea de lo que en realidad está pasando, que simplemente no quieren verme feliz. O quizá sea yo el que no tenga idea, quizá sea yo el loco y estas palabras fruto de una locura que ha ido demasiado lejos, que debe terminar ya.

Demonios, voces, fantasmas… Todos juegan en contra mía, ¿no tengo a nadie que me diga que lo haga? ¿Tan loco estaría?  ¡Mierda! Quizá tengan razón, quizá no, quizá sí, quizá no… Bufff… No me quedan fuerzas y ha llegado el final, yo solo quiero ser feliz… Quizá solo quede… sí, quizá sí…

Ay… los sueños

Son las doce de la noche, mis párpados empiezan a caer, pidiéndome a gritos que los cierre de una vez, pidiéndome que vaya al rincón de los consejos y me deje llevar por los sueños.

Pero no quiero.

No quiero porque me vienen varias dudas, dudas que me inquietan y a la vez me aterrorizan y me nublan la mente.

¿Dónde vamos cuando nos dormimos?

¿Todo lo que nos sucede en los sueños lo vivimos en realidad en alguna parte?

¿Qué secretos nos esconden los sueños?

Quizá estas preguntas no sean más que simples tonterías pero… sobretodo…

¿Y si los personajes de nuestros sueños pudieran atrapar nuestra mente?

¿Y si no pudiéramos salir nunca de nuestros sueños?

¿Y si nos quedáramos dormidos para siempre, esperando ese rescate que nunca podría llegar?

Quizá estas preguntas no sean más que simples tonterías pero yo, de momento, seguiré temiendo ese momento en el que mis párpados caigan para volar hacia los sueños.

Porque quizá quede atrapado y mis párpados no se puedan volver a levantar.