Vacíos…

La playa estaba tranquila, serena. Las olas llegaban suavemente a una orilla poblada de fina arena de la misma manera que los dedos tocan un piano, parecía que se besaban y que la ola se quería quedar siempre allí.

Noa y Kevin caminaban tranquilamente por la arena con los pies descalzos, hablaban de temas sin importancia y parecía que de ninguna manera iba a surgir el tema del que los dos querían hablar desde hacía ya mucho tiempo…

“Te quiero… Me haces reír, eres sensible, comprensivo, sencillamente encantador. Querría ir hasta las olas y que nos subiéramos en ellas, que no transportaran hacia el medio del océano, allí donde no importa lo que pase, donde olvidamos el qué dirán, los errores, dónde simplemente somos dos personas que nos queremos. Decirte te quiero mil veces y darnos un beso que dure toda la vida…”.

“Te quiero… Eres la chica más especial que he conocido en mi vida, inteligente, risueña, tus ojos… Daría la vida por escuchar siempre tu sonrisa, porque me haces feliz. Desearía poder volar e irnos juntos a la Luna, a las estrellas, hasta los rincones más inhóspitos del mundo, allí donde lo que vale no es el dinero ni el poder, simplemente un bello paisaje y dos personas que se quieran. Allí donde el reflejo de una mirada es la eternidad…”

Los dos pensaban cosas semejantes, parecía haber una extraña conexión que hacía que pasara esto, los dos lo sabían y era uno de los puntos que les hacía fuertes, que les hacía quererse. Aunque si uno necesitaba un simple beso, el otro no era capaz de dárselo… Miraban al suelo y se enfurecían consigo mismos. Todo era cuestión de poder.

Pero la magia de la playa…

-Te quiero -dijo él.

Ella se quedó parada. Hacía meses que ansiaba escuchar eso de su boca y eso hizo que no supiera cómo reaccionar.

Él lo hizo por ella. Se le puso a centímetros y se le quedó mirando a los ojos una eternidad, veinte segundos o quizá treinta, no lo sabía muy bien. Se miraban a los ojos y se veían a sí mismos con la otra persona, se veían abrazados, dándose pequeños besos en la arena.

Quizá solo era un preludio de lo que iba a pasar…

Noa lo besó, lo besó tan fuerte como si temiera que después de aquello él fuese a desaparecer. Él le respondió de la misma manera, cogiéndola de la cintura y subiendo poco a poco hacia arriba hasta acariciarle su pelo salvajemente. Ella, mientras le acariciaba el pecho, tan fuerte que si hubiese sido de papel lo hubiese desgarrado, lo cogía del cuello y lo atraía aún más hacia sí. Estaban tan pegados que el viento no conseguía pasar entre sus cuerpos. El sudor salía de los cuerpos y lo único que conseguía es que se excitaran aún más.

La pasión les llevó a la arena y las olas componían la sinfonía perfecta. Acariciaban hasta el último rincón de piel, los poros se abrían y recibían la calidez de dos cuerpos que en ese momento estaban ardiendo. Un beso, dos, tres, cuatro… eran cortos, locos, apasionados, mil sabores se confundían en sus lenguas y ninguno de los dos sabía muy bien dónde terminaba el otro.

Kevin se quitó el jersey dejando al aire un cuerpo curtido en mil batallas, luego hizo lo propio con la ropa de Noa. Necesitaba verla, necesitaba sentirla de verdad, observar de cerca el cuerpo que tantos sueños había ocupado. Le quitó la ropa interior al mismo tiempo que hacía lo mismo con la suya. Los dos se quedaron mirando, excitados, los ojos recorrían los cuerpos y ambos sentían el impulso de llegar al infinito.

Kevin empezó a recorrerle el cuello a besos, ella se dejaba llevar y la respiración de los dos se aceleraba. Poco a poco él iba bajando y se paraba en cada rincón de su cuerpo, sentía que no había cuerpo más perfecto que el suyo. Noa miraba a las estrellas y creía lo mismo, los dos se atraían de tal manera que era imposible que aquello no pasara.

Entonces decidieron arder, dejar que los cuerpos fueran dos volcanes en plena ebullición, conseguir que las respiraciones sean tan fuertes que parezca que se ahogan. Se querían, se gustaban, se deseaban y los besos eran tan profundos que parecían transportarlos al centro de la Tierra. Y nada importaba, simplemente eran dos almas que jugaban con sus cuerpos como si fueran marionetas. El placer llegaba al máximo y luego…

Calma. Besos cortos, los labios apenas se rozaban y las caricias eran simples sueños de los cinco sentidos. Se miraron fijamente y sonrieron, risueños, no podía haber dos personas más felices. Ellos lo sabían, se leyeron el pensamiento y respiraron aliviados. La enorme carga del no poder se marchaba, se esfumaba, desaparecía.

El amanecer descubrió sus cuerpos desnudos. Los dos abrieron los ojos al mismo tiempo y se miraron. Aquello era el final de la angustia, de estar tantas veces juntos y no poder siquiera darse un beso, el final del tiempo perdido pensando en cosas que apenas tenían importancia. El final de todo…

Aunque ellos sabían que simplemente era el principio.

Noche en la playa

El día que llamó al timbre de mi casa, se echó a mis brazos y mientras lloraba a lágrima tendida me dijo “me han dicho2357893442_e853dacc36 mis padres que nos vamos de la ciudad” se me cayó el alma a los pies. Se llamaba Gema, tenía el pelo marrón liso, una piel de un tono moreno y los que más me encantaba de ella eran sus ojos de un azul intenso que me conquistaron desde el primer momento en que la vi, era sencilla y una persona inteligente como no había conocido antes.

Reconozco que aquella noche la pasé muy mal, recordando los momentos que habíamos pasado durante el año y medio que llevábamos juntos, tantos besos, tantas caricias, tantas miradas que habían llenado nuestras tardes iban a acabar de un carpetazo y una relación como la nuestra no podía acabar de esa forma así que después de rondarle un par de veces a la cabeza se me ocurrió que debíamos pasar una última noche juntos, una última noche especial. Sigue leyendo

Verano del 73

Cuando mis padres me dijeron aquel verano del 73 que nos íbamos de vacaciones a un pequeñito pueblo de poco más de mil habitantes, el estado de exaltación que yo tenía desde que había terminado el curso en el colegio se vino abajo. Tenía yo 14 años y mis deseos iban mucho más allá de un sitio casi despoblado, apenas sin niños con los que jugar y habitando una casa prácticamente en ruinas. Hasta el día en que me dieron la noticia, mi mente se había trasladado a lugares como la selva amazónica, el frío insufrible de Siberia o los altos rascacielos de Nueva York que tantas veces había visto en las películas. Sigue leyendo