¿Recuerdas cuando volamos por última vez?

Lo hicimos tan bajo que casi chocamos con las heridas hechas por el paso del tiempo. Las rozamos, algunas tan cerca que se hicieron más grandes, como esas cicatrices que, por más alcohol que le eches, no curan.

Creamos hielo en los silencios, tan helado que hubiese sido imposible romperlo. Abrimos las alas sin ganas y yo cerré los ojos porque me dolía ver abismos allí donde había habido gigantes, porque me mataba ver oscuridad allí donde siempre había habido luz:

en tu piel, en tus gestos, en tus labios, pero sobretodo en tus ojos.

Joder, cerraba los ojos para no mirar los tuyos.

Para no hacer frente a la verdad, para poder soportar el vacío, para aguantar la indiferencia.

¿Recuerdas cuando sentimos por última vez?

Aterrizamos sin decirnos nada y, en verdad, sin sentir nada. Supimos al instante que todo había terminado y ni siquiera lo lamentamos.

Y a pesar de ello, a pesar de no haber caído en pleno vuelo, a pesar de esperarlo y saberlo, el golpe fue tan duro como saltar sin paracaídas.

Como saltar, volar sin ti.

Y ahora camino, ni siquiera me acuerdo de volar, de cómo se despliegan las alas si no te veo hacerlo.

Sigo con los ojos cerrados desde entonces, sigo sin poder abrirlos mientras aprendo de nuevo.

A eso de volar con cicatrices.

A eso de volar incluso con heridas abiertas.

Mil lunares

¿Te cuento un secreto?

Pero shhh… no se lo cuentes a nadie, que quede entre tú y yo, no puede enterarse nadie.

He perdido la cuenta de las veces que he contado los lunares de su espalda.

Sí, ese es el secreto. Sé que un día prometí que iba a llegar hasta el infinito y tal vez más allá pero he fracasado, me es imposible. Porque a cada lunar le doy un beso y cierro los ojos, pierdo la noción del tiempo y cuando despierto parece que han pasado mil años, aunque solo haya pasado un segundo.

Es imposible contarlos porque, de repente, ella gira su cabeza y me encuentro con sus labios y, claro, tengo que besarlos. Me atraen como mil imanes hechos de caramelo, quedo atrapado entre ellos y juntos, ella y yo, volamos hasta donde nos perdemos y solo nosotros sabemos encontrarnos, entre pieles y caricias, bajo las sábanas, esa fortaleza inexpugnable en la que ningún monstruo ha osado entrar jamás.

Ojalá llegue el día en que ya no queden números ni lunares en su espalda. Ella me prometió que, si lo conseguía, me llevaría a la Luna, pero no esa que todos conocemos sino la que se refleja sobre el mar. Dicen que, si consigues posarte sobre ella, serás feliz eternamente. Aunque, en realidad, no me emociona el premio, y es que yo solo necesito tenerla a mi lado y mirar su sonrisa, solo necesito eso para ser feliz. “Con qué poco te conformas”, me diréis. Eso os pasa porque ninguno de vosotros ha visto jamás su sonrisa.

Fue ayer cuando perdí la cuenta, lo recuerdo bien. Le estaba dando un beso en la espalda, y, de repente, se giró y me cerró los párpados con la yema de sus dedos.

-No los abras -me dijo.

Fue entonces cuando me puso medio osito de gominola en los dientes y de pronto sentí su aliento contra el mío. Ella respiraba agitada y mi corazón se escuchaba a kilómetros de distancia. Entonces rozamos nuestros labios y de un mordisco me arrancó medio osito de los dientes. Tragué sin pensar y, aún con los ojos cerrados, busqué sus labios en la penumbra. Los encontré y supe entonces que era lo más dulce que había probado.

Supe entonces que jamás lograría cumplir mi promesa.

Pero bueno. Supongo que lo seguiré intentando. Porque lo mejor de contar sus lunares es respirar su aliento y hacerle cosquillas mientras tanto, escuchar su risa y que se gire, mirar sus ojos y perderme en ellos, olvidarme del mundo…

¡Pero eh! Por favor no se lo cuentes a nadie, que sea un secreto…

Porque lo importante no es el final y contar todos sus lunares.

Lo importante es el camino y perderme en el salvavidas que encontré en ellos.

Diario de Jess: en la acampada II

El segundo día de acampada en la casucha de mi primo Jordi fue genial. Fue un día lleno de risas, emociones y sensaciones que me encantaron.

Llegamos allí con el coche de mi amiga Sandra después de comer y enseguida notamos como había algo diferente en las actitudes de David y Sergio, se podría decir que estaban algo… contentillos. Según ellos, con el pollo que se habían comido, se habían terminado entre los dos una botella de vino, enseguida lo entendimos, ese atontamiento y risitas surgía de que estaban medio borrachos.

Estuvimos un rato charlando, de cosas que no importaban pero que hacían la tarde amena y divertida, David y Sergio continuaban bebiendo vino, emborrachándose cada vez más, aunque según ellos no estaban borrachos, sólo contentos, y mientras Sergio y yo continuábamos compartiendo miradas, sonrisas, gestos.

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Ójala pudiera… detener el tiempo

No ha pasado mucho tiempo desde la primera vez que nos vimos, de la primera vez que nos hablamos. Fue en la parada1179697144_f del metro, los dos estábamos indignados porque este aún no llegaba y llegaríamos tarde a nuestro destino. Por fin el metro llegó, entramos y no sé por qué, me apeteció sentarme a su lado, quizá fue el hecho de que estábamos cabreados por algo común o simplemente porque no había ni un asiento más en todo el metro.

Empezamos a hablar de cosas insignificantes, de cosas que quizá no tenían mucha importancia pero que hacían de aquel aburrido viaje algo más ameno. Sigue leyendo

Diario de Jess: noche de película

Ayer por fin tuve una cita con Sergio, bueno, mejor dicho una cena de t_couplecreme_1019amigos. Resulta que Sergio y mi primo David son muy amigos así que este organizó una cena en su casa para ver un par de películas donde acudimos ellos dos, mi amiga Sandra y yo.

Reconozco que cuando entre en la sala donde íbamos a cenar y en la que ya me esperaba Sergio me morí de vergüenza, era la primera vez que estábamos realmente cerca y podía hasta escuchar su respiración y olfatear su suave perfume. Sigue leyendo