Quién

Despierto.

Una neblina cruza mi mente, está oscura, perdida, quizá en algún sueño que ya no recuerda.

Aun sin abrir los ojos, creo ver sombras que se deslizan alrededor de mi cama,

aun sin ver, siento que hay alguien cerca de mí, que me mira, que me observa,

aun estando medio dormido, o medio despierto, sé que todo es real.

Y me intento mover.

Y no puedo.

Estoy atado de pies y manos,

cada uno de mis músculos está paralizado, quizá por miedo, o quizá por algo externo,

noto una fuerza que me mantiene contra la cama e impide siquiera que tiemble de terror.

E intento gritar.

Y no puedo.

Mis cuerdas vocales se quedan mudas e impotentes ante lo que está pasando,

necesito que alguien me ayude, que alguien venga a rescatarme de esta pesadilla que está durando demasiado,

pero no,

me falta el aire y los gritos son silencios,

me siento solo ante lo que está por venir,

nadie va a venir,

nadie va a venir.

Quiero abrir los ojos.

Y no puedo.

Y no sé si quiero.

Me pesan los párpados como mil demonios,

como si temieran ver mil fantasmas,

lo temo, si.

Temo abrirlos y que haya alguien a mi lado,

que la sombra deje de ser sombra y se convierta en figura,

en alguien de mi pasado,

o mi presente,

alguien que no exista.

Los abro, creo, aunque no estoy seguro.

Y sé que hay alguien, sin haberlo,

sé que alguien me observa, sin verlo,

sé que alguien me acompaña, estando la habitación vacía…

Y me duermo, y todo pasa pero todo queda.

Y no sé si ha sido real o fantasía,

ni quién había ni quien no.

Ni siquiera sé si soy yo.

Charla de madrugada

Víctor acababa de coger su montón de apuntes cuando la puerta, cerrada hasta entonces, se abrió lentamente para que tras ella apareciera una figura masculina, de unos 60 años, regordete, con cuatro pelos en su cabeza y con una barba que no había sido afeitada durante una semana.

-¿Dónde vas Papá?

-¿Qué haces a estas horas, hijo?

-Repasando un poco para el examen de mañana, no me acaban de entrar algunos conceptos.

El padre de Víctor miró al suelo, apenado, y se sentó en el sofá.

-Escúchame.

-Dime.

-Sabes que vas a aprobar el examen de mañana, que vas a aprobar todos los exámenes que te quedan de la carrera y que vas a ser un extraordinario abogado.

-Ojala fuese así.

-Ojala no, va a ser así. Sabes que te quiero y tendrás mi apoyo en cualquier momento difícil que tengas, éste el primero.

-Lo sé papá, gracias.

El viejo se acercó hasta él y le cogió la mano derecha, tan fuerte, que parecía que se la iba a destrozar, como si temiera que su hijo se marchara. Finalmente, le dio un beso en la frente.

-Buenas noches -fue lo último que dijo.

-Hasta mañana, papá.

Su padre se quedó mirando al vacío desde el umbral de la puerta.

-Sí…

Al día siguiente, Víctor llegó eufórico a casa, el examen le había salido perfecto, seguro que había aprobado, no había duda.

-¡Papá, papá, deberías haberme visto en el examen. Estaba tan seguro de todo, las palabras me salían tan fluidas!

Nadie le contestó.

-¿Papá?

Su padre no estaba, ni en la cocina, ni en el salón, ni en el baño ¿y en su habitación? Se dirigió hasta allí, abrió la puerta lentamente y lo vio allí, en la cama, tapado hasta arriba con las mantas.

-Papá, son las dos de la tarde, ¿no crees que es hora de levantarse?

No se movió, no respondió. Víctor empezó a temerse algo. Empezó a zarandearlo pero no respondía, ni un signo, ni un pestañeo… Alarmado, Víctor llamó a la ambulancia.

Dos días después recibió la triste noticia. Su padre había sufrido un infarto, había sido letal, no había habido posibilidad alguna de que se recuperase.

-¿Cómo puede ser? Esa misma noche hablé con él y estaba perfecto, tranquilo.

– ¿A qué hora dices que hablaste con él? -le preguntó el médico.

-No sé… serían la una de la madrugada.

El gesto del médico cambió radicalmente, su rostro se volvió sombrío, temeroso.

– ¿Cómo? ¡No puede ser! ¡A esa hora tu padre ya estaba muerto!

Toc, toc, toc…

Ahora que estoy aquí, sólo en mi habitación, sin más acompañamiento que un programa de radio en el que el locutor no cambia un instante el mismo tono de voz, me acuerdo de aquella noche. Las gotas de sudor me empiezan a caer por la frente, aunque la sabia utilidad del cerebro de no recordar los recuerdos más oscuros me nubla un poco la caja de recuerdos. Pero ahora, en esta soledad que me envuelve, aún me llega la imagen de aquel pie, una imagen que, aunque el subconsciente a veces lo permite, no lograré olvidar jamás.

Tengo la buena o la mala costumbre de beber un vaso de agua justo antes de dormir. Esta costumbre lo único que provoca es que a las tantas de la madrugada me despierto sobresaltado con la vejiga pidiéndome a gritos que la vacíe, así que tengo que hacerle caso y salir disparado hacia el baño, pero aquella noche…

Miré el reloj de mi mesita, eran casi las cuatro de la madrugada y no podía aguantar más. Salí de mi habitación hasta un pasillo solamente iluminado por la claridad de la luna que penetraba por la ventana del comedor. Me dio pereza encender la luz así que fui en esa semioscuridad hasta el cuarto de baño, encendí la luz de la estancia, me planté enfrente del váter y dejé liberar el ansia con la que había llegado al baño. Cerré la luz del baño y volví a mi habitación de nuevo en medio de la oscuridad, pero en ese momento… Hacía algunas noches que me pasaba pero no con tanta intensidad como aquella noche. Sentí que alguien me observaba, era una sensación tan grande que me angustiaba, que me ahogaba, tenía ganas de correr, de huir hasta la soledad de mi habitación, hasta la seguridad que me daría tener una puerta cerrada tras de mí. Alargué el paso, hasta el extremo de ir por el pasillo de casa prácticamente corriendo, llegué a mi habitación y cerré de un portazo la puerta tras de mí aunque no… no la cerré, empujé la puerta con tanta fuerza que pensé que haría un estruendo enorme pero no, algo lo impidió, en ese momento mi corazón empezó a latir más y más fuerte y las piernas no podían hacer otra cosa que temblar. Me giré sobre mí mismo y aunque deseaba con todos mis fuerzas que aquello que había frenado la puerta hubiera sido alguno de mis padres, en lo más profundo de mi ser sabía que alguien me había observado y que ese alguien estaba ahora detrás de mí. Cuando me giré y vi aquel pie impidiendo que pudiera cerrar la puerta me entró el miedo más espantoso que había tenido nunca. Un pie desnudo, enorme, lleno de costras, verrugas, gris, completamente gris. Me apresuré a cerrar la puerta con todas mis fuerzas y pasados unos segundos de tensión, aquello que había detrás de la puerta cedió y pude cerrar por completo.

Me acosté rápidamente, cerré la luz y me tapé hasta la cabeza como si aquella manta fuera un escudo contra mis temores infantiles. Al instante… toc, toc, toc, la puerta sonó.

– ¿Quién es? -pregunté.

No hubo respuesta.

Me volví a tapar con la manta de un modo más fuerte y pasados unos segundos… toc, toc, toc, la puerta volvió a sonar.

Finas lágrimas empezaban a caer por mi rostro, la angustia era tan grande que el ansia de gritar amenazaba con salir, gritar hasta quedarme sin voz, hasta que mi salvador viniera de alguna parte y derrotara a aquello que había detrás de la puerta. Salí de debajo de la manta y me dije a mí mismo que no pararía en toda la noche de gritar aunque… algo me lo impidió, algo me ahogó la voz. Se oía algo, algo que no era yo. Me acerqué a la puerta y escuché una voz que me infundó en la más profunda tristeza, era una voz ahogada, confundida con un llanto, femenina, pero al mismo tiempo era horrible, una voz que no hubiera deseado no escuchar nunca, y aquella voz pedía algo…

-Ayuda, ayuda, ayuda…

Volví a taparme hasta la cabeza con la manta, angustiado, triste y al vez asqueado por la voz que acababa de escuchar. Y de nuevo… toc, toc, toc. La puerta volvió a sonar.

Antes de dejarme envolver por los sueños, oí ese toc, toc, toc por lo menos unas cuatro veces más. Al día siguiente, abrí la puerta de la habitación, no sin antes haber respirado profundamente, allí no había nadie.

Toc, toc, toc…

Lo acabo de escuchar otra vez, como viene pasando las últimas noches desde que me pasó aquello. Algo o alguien pide ayuda y no cesará de llamar hasta que algún día abra la puerta y le dé esa ayuda que tanto necesita.

 

 

PD del autor: Como anécdota de este relato puedo contaros que lo escribí estando sólo en casa, en mi habitación, y os aseguro que sufrí auténtico terror imaginando las escenas que se describen en él.

Alma en pena

Aún recuerdo la primera vez que lo vi, fue en una fría y lluviosa noche de invierno, mis padres se habían ido acigarro cenar, por tanto, estaba sólo en casa. La principal actividad en la que malgasté la noche fue hacer zapping, no echaban nada bueno por la tele y el dedo pulgar ya me hacía daño de tanto pulsar los botones del mando, así que decidí que aprovecharía mejor el tiempo yéndome a la cama y durmiendo un poco.

Un portazo me despertó, oía pasos por el pasillo así que supuse que mis padres ya habían vuelto de cenar, miré mi reloj, eran las dos de la madrugada, aún me quedaba mucha noche por delante. Me dispuse a dormirme otra vez cuando algo me llamó la atención: ¿era sólo mi imaginación o la silla que había enfrente de mi cama donde tenía amontonada la ropa no estaba allí? Curioso y medio adormilado, me levanté y busqué con la mano el interruptor que había al lado del escritorio, lo encontré, aunque la luz que yo necesitaba en aquel momento no apareció, “se habrá ido la luz” pensé. Sigue leyendo

Visitante nocturno

-Papá, mamá, buenas noches -dijo Antonio.

Antonio era un chico sencillo de 12 años, alto, pelo largo y rubio y con gafas, necesitaba dormir, todavía no eran más de las diez y media pero debía recuperar las horas de sueño perdidas durante los últimos días, en los cuales había tenido algunos exámenes y por tanto, había pasado muchas horas de noche en vela.

Encendió la radio para dormirse con ella, se tapó hasta arriba con las mantas, ya que estaban en pleno invierno y cerró la luz de la habitación. No tardó en dormirse, estaba tan agotado que dejó de escuchar las palabras de la locutora a los diez minutos, así que pronto se vio envuelto en los sueños que su mente le mostraba. Sigue leyendo