Vuelve

Te echo de menos.

Pensé que debías saberlo. Pensé que debías saber que echo de menos tus manías, por ejemplo esa que tenías de cerrar el armario cada vez que nos íbamos a dormir. Pensabas que de ahí dentro podía salir cualquier bestia inimaginable, arrancarnos las sábanas y comernos con patatas fritas. De ahí nunca salió ningún monstruo pero tú te tapabas hasta arriba y yo te miraba soñador, porque me encantaba sentirte a mi lado.

Echo de menos que te pusieras mis sudaderas aunque te vinieran tres tallas grandes, y que luego te tiraras junto a mí en el sofá y me dieras calor, poner una película de fondo y que ésta nos diera igual, porque entonces empezábamos a besarnos y reírnos con nuestros juegos. Acabábamos los dos, uno sobre el otro, escuchando el respirar del otro, hablando en voz baja, como si alguien nos pudiese escuchar. Lo hacíamos así porque a susurros, las notas son más sinceras y el eco aún más cierto, lo hacíamos así porque nos entendíamos casi con mirarnos.

O que te pusieras a cantar, también lo echo de menos. Que pusieses una canción en el equipo de música, cogieses el mando de la tele a modo de micrófono, y acompañases la canción con la peor de tus voces y el más arrítmico de los bailes. Luego, cuando de verdad te ponías sería, o nostálgica, te oía cantar a susurros, con timidez, y deseaba con todas mis fuerzas escucharte alto o, por lo menos, que me susurrases al oído.

Pensé que debías saberlo.

Que echo de menos verte sonreír.

Que echo de menos abrazarte por la espalda.

Que echo de menos decirte todo cuanto sueño.

Rozarte.

Besarte.

Follarte.

Y ya no sé si quieres, o puedes.

Si te sigo haciendo falta, como era antes.

O si ya no soy nada.

Porque estás ausente y te noto tan lejos que apenas alcanzo a verte, aun estando a dos centímetros de mí, aun notando tu respirar, aun queriéndote igual que lo he hecho siempre. Porque con el paso del tiempo fuiste dejando de ser tú para convertirte en otra persona. Y no te reconozco, y ya no eres tú, y ya ni siquiera soy yo.

Te echo de menos.

Pensé que debías saberlo.

Vuelve.

Siempre vuelve

Silencio, palabras mudas, vacíos donde deberían haber palabras, una situación angustiante, que te aterra, que te persigue como algo invisible con la astucia de los zorros.

Y tú quieres llenar esos silencios, sacarle hasta el más frágil de los suspiros, deseas que te diga algo, solo algo, aunque sean unas palabras insípidas, sin sentido, aunque no tenga nada que decir, quieres que lo diga, quieres que te lo diga.

Pero continúan los silencios, la magia que un día os envolvió va desapareciendo, te ves incapaz de hacer que un simple “hola” vuele por el aire, sientes que estás solo, simplemente porque su dulce voz no acaricia tus oídos, y porque los silencios van acompañados de miradas en el suelo, de sonrisas frágiles que al final se rompen.

Y entonces pasa lo peor, esa vocecita sabia pero que querrías hacer callar, esa vocecita que te dice que todo acabó, que los silencios no aparecen por casualidad, que ya está todo perdido, que no quieras ver fuego donde las brasas hace tiempo que se apagaron. Y le haces caso. Olvidas sus silencios, olvidas todo lo que sentiste, olvidas que hubo un día en que hubieras dado la vida, olvidas que el amor se empeña en joderte la existencia y por fin llega la calma, el momento en que, olvidado todo, te dejas arrastrar por la vida, entras de nuevo en la bola que gira y gira. Y todo pasa, todo continúa…

Aunque no… quizá hayas olvidado que el amor se empeña en joderte la existencia pero el amor no se ha olvidado de ti, y es ese preciso instante en el que los silencios se vuelven a llenar de palabras, quizá vacías, quizá sin sentido pero que hacen que todo lo olvidado y lo olvidable vuelva a aparecer. Un simple “hola”, un simple “adiós”, y vuelve el recuerdo, el recuerdo de esa persona a la que hubieras besado toda la vida.

Y entonces la maldices por no querer que la olvides, porque sabes que la quieres y porque vuelves a pasar las noches pensando en si sus palabras estarán vacías o llenas de sentido.

Pero a la vez, miras al suelo, sonríes y le das las gracias, simplemente por existir, por acordarse de ti, y le das gracias al amor por hacer que vuelva, porque aunque queramos o no el pasado siempre vuelve, y cuando el pasado hace que miremos al suelo, nos ruboricemos y sonriamos es que algo pasa, simplemente pasa que el amor volvió.

Aunque quizá nunca se llegó a marchar.